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Literatura1 agosto, 2026

La capital del mundo, de Ernest Hemingway

La capital del mundo, de Ernest Hemingway
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Hay en Madrid infinidad de muchachos llamados Paco, diminutivo de Francisco. A propósito, un chiste de sabor madrileño dice que cierto padre fue a la capital y publicó el siguiente anuncio en las columnas personales de El Liberal: PACO, VEN A VERME AL HOTEL MONTAÑA EL MARTES A MEDIODÍA, ESTÁS PERDONADO, PAPÁ; después de lo cual fue menester llamar a un escuadrón de la Guardia Civil para dispersar a los ochocientos jóvenes que se habían creído aludidos. Pero este Paco, que trabajaba de mozo en la Pensión Luarca, no tenía padre que le perdonase ni ningún motivo para ser perdonado por él. Sus dos hermanas mayores eran camareras en la misma casa. Habían conseguido ese empleo simplemente por haber nacido en la misma aldea que otra ex camarera de la pensión, que con su asiduidad y honradez llenó de prestigio a su tierra natal y preparó buena acogida para la gente que de allí llegase. Dichas hermanas le habían costeado el viaje en ómnibus hasta Madrid y obtenido su actual ocupación de aprendiz de mozo. En la aldea de donde provenía, situada en alguna parte de Extremadura, imperaban condiciones de vida increíblemente primitivas, los alimentos escaseaban y las comodidades eran desconocidas, y tuvo que trabajar mucho desde muy pequeño.

Se trataba de un muchacho bien formado, con cabellos muy negros y más bien crespos, dientes blancos y un cutis envidiado por sus hermanas. Además, poseía una sonrisa cordial y sencilla. Su salud era excelente, cumplía a las mil maravillas con su trabajo y amaba a sus hermanas, que parecían hermosas y avezadas al mundo. Le gustaba Madrid, que todavía era un lugar inverosímil, y también su trabajo, que llevaba a cabo entre luces resplandecientes y con camisas limpias, trajes de etiqueta y abundante comida en la cocina, todo lo cual le parecía excesivamente romántico.

Entre ocho y una docena eran las personas que vivían en la Pensión Luarca y comían en el comedor, pero Paco, el más joven de los tres mozos que atendían las mesas, sólo tenía en cuenta a los toreros, los únicos que existían para él.

También vivían en la pensión toreros de segunda clase, porque su situación en la calle San Jerónimo les convenía, además de que la comida era excelente y el alojamiento y la pensión resultaban baratos. El torero necesita la apariencia, si no de prosperidad, por lo menos de crédito, ya que el decoro y el grado de dignidad, aparte del valor, son las virtudes más apreciadas en España, y los toreros permanecían allí hasta gastar sus últimas pesetas. No existen antecedentes de que alguno de ellos hubiera abandonado la Pensión Luarca por un hotel mejor o más caro; los de segunda clase no mejoraban nunca su situación; pero la salida del Luarca se producía con rapidez ante la aplicación automática de la norma según la cual nadie que no hiciese nada podía permanecer allí ya que la mujer a cargo de la pensión únicamente presentaba la cuenta sin que se la pidieran cuando sabía que se trataba de un caso perdido.

Por entonces eran huéspedes de la pensión tres diestros, dos picadores muy buenos y un excelente banderillero. El Luarca constituía un verdadero lujo para los picadores y banderilleros, que, como tenían sus familias en Sevilla, necesitaban alojamiento en Madrid durante la estación primaveral. Pero les pagaban bien y tenían trabajo seguro, pues tal clase de subalternos escaseaban mucho aquella temporada. Por lo tanto, era probable que esos tres subalternos ganasen más que cualquiera de los tres matadores. De éstos, uno estaba enfermo y trataba de ocultarlo; otro ya había perdido la preferencia que el público le otorgó como novedad; y el tercero era un cobarde.

En cierta época, hasta que recibió una atroz cornada en la parte baja del abdomen, en su primera temporada como torero, el cobarde poseía coraje excepcional y habilidad notable y todavía conservaba muchas de las sinceras admiraciones de sus días de éxito. Era excesivamente jovial y reía constantemente, con o sin motivo. En la época de sus triunfos fue muy aficionado a las chanzas, pero ahora había perdido ésa costumbre. Estaban seguros de que ya no la conservaba. Este matador tenía un rostro inteligente y franco, y se comportaba en forma muy correcta.

El matador enfermo tenía cuidado de no revelar nunca esta circunstancia, y era minucioso en lo de comer un poco de todos los platos que servían en la mesa. Tenía gran cantidad de pañuelos, que él mismo lavaba en su cuarto, y, últimamente, vendió sus trajes de torero. Había vendido uno, por poco dinero, antes de Navidad, y otro en la primera semana de abril. Eran trajes muy caros, que siempre fueron bien conservados, y todavía le quedaba uno. Antes de ponerse enfermo fue un torero muy prometedor y hasta sensacional, y, aunque no sabía leer, tenía recortes según los cuales se lució más que Belmonte al hacer su debut en Madrid. Comía siempre solo en una mesa pequeña y pocas veces levantaba la vista del plato.

El matador que en una ocasión fue una novedad en el ambiente era muy bajo, muy moreno y muy serio. También comía solo en una mesa separada. Sonreía rara vez y nunca reía con estruendo. Era de Valladolid, donde la gente es demasiado seria, y lo consideraban un torero hábil; pero su estilo había pasado de moda antes de que hubiese podido ganar el afecto del público con sus virtudes: coraje y serena inteligencia. Por lo tanto, su nombre en un cartel no atraía público a la plaza, La novedad consistía en su baja estatura, que apenas le permitía ver más arriba de las cruces del toro, pero no era el único con esa particularidad y jamás logró conquistar el afecto del público.

De los picadores, uno tenía cara de gavilán y era canoso, delgado, pero con piernas y brazos fuertes como el acero. Siempre usaba botas de ganadero debajo de los pantalones; por las noches bebía demasiado, y en cualquier momento se detenía en la contemplación amorosa de todas las mujeres de la pensión. El otro era alto, corpulento, de cara trigueña, buen mozo, con el cabello negro como el de un indio y manos enormes. Ambos eran grandes picadores, aunque del primero se decía que había perdido gran parte de su destreza por entregarse a la bebida y a la disipación; y del segundo, que era demasiado terco y pendenciero para poder trabajar más de una temporada con cualquier matador.

El banderillero era de edad madura, canoso, ágil como un gato a pesar de sus años y, al verle sentado a la mesa, se diría estar en presencia de un próspero hombre de negocios. Sus piernas estaban todavía en buenas condiciones para aquella temporada y, mientras pudieran moverse, tenía bastante inteligencia y experiencia como para conservar el trabajo por largo tiempo. La diferencia estaría en que, cuando perdiera la rapidez de sus pies, siempre tendría miedo en los aspectos que ahora no lo inquietaban, tanto en la arena como fuera de ella.

Aquella noche, todos habían salido del comedor, excepto el picador de cara de gavilán que bebía demasiado, el subastador de relojes en las exposiciones regionales y fiestas de España, que también era muy aficionado a empinar el codo, y dos sacerdotes gallegos que estaban sentados en un rincón y bebían, si no demasiado, por lo menos bastante. En aquella época, el vino estaba incluido en el precio del alojamiento y la pensión, y los mozos acababan de traer frescas botellas de Valdepeñas a las mesas del subastador de rostro estigmatizado, luego a la del picador y, finalmente, a la de los dos curas.

Los tres camareros estaban ahora en un extremo del salón. Según el reglamento de la casa, tenían que permanecer allí hasta que abandonaran el comedor los comensales cuyas mesas atendían, pero el que tenía a su cargo la mesa de los dos sacerdotes tenía que asistir a una reunión de carácter anarco­sindicalista, y Paco había aceptado reemplazarlo en sus tareas habituales.

Arriba, el matador enfermo estaba acostado boca abajo en la cama, solo. El diestro que había dejado de ser una novedad miraba por la ventana mientras se preparaba para ir al café, y el torero cobarde tenía en su cuarto a la hermana mayor de Paco y trataba de lograr de la muchacha algo a lo que ella, entre carcajadas, se negaba.

-Ven, salvajilla.

-No -dijo la mujer.

-Por favor.

-Matador -dijo ella, cerrando la puerta-. Mi matador…

Dentro de la habitación, él se sentó en la cama. Su rostro presentaba todavía la contorsión que, en la arena, transformaba en una constante sonrisa, asustando a los espectadores de las primeras filas que sabían de qué se trataba.

-Y esto -estaba diciendo en voz alta-. Toma. Y esto. Y esto.

Recordaba perfectamente la época de su plenitud, apenas hacía tres años. Recordaba el peso de la chaqueta de torero espolinada de oro sobre sus hombros, en aquella cálida tarde de mayo, cuando su voz todavía era la misma tanto en la arena como en el café. Recordaba cómo suspiró junto a la afilada hoja que pensaba clavar en la parte superior de las paletas, en la empolvada protuberancia de músculos, encima de los anchos cuernos de puntas astilladas, duros como la madera, y que estaban más bajos durante su mortal embestida. Recordaba el hundir de la espada, como si se hubiese tratado de un enorme pan de manteca; mientras la palma de la mano empujaba el pomo del arma, su brazo izquierdo se cruzaba hacia abajo, el hombro izquierdo se inclinaba hacia adelante, y el peso del cuerpo quedaba sobre la pierna izquierda… pero, en seguida, el peso de su cuerpo no descansó sobre la pierna izquierda, sino sobre el bajo vientre, y mientras el toro levantaba la cabeza él perdió de vista los cuernos y dio dos vueltas encima de ellos antes de poder desprenderse. Por eso ahora, cuando entraba a matar, lo cual ocurría muy rara vez, no podía mirar los cuernos sin perder la serenidad.

Abajo, en el comedor, el picador miraba a los curas desde su asiento. Si hubiese mujeres en el salón, a ellas hubiera dirigido su mirada. Cuando no había mujeres, observaba con placer a un extranjero, a un inglés, pero, como no había ni mujeres ni extranjeros, ahora miraba con placer e insolencia a los dos sacerdotes. Entretanto, el subastador de cara estigmatizada se puso de pie y salió después de doblar su servilleta, dejando llena hasta la mitad la botella de vino que había pedido. No terminó toda la botella porque tenía varias cuentas sin pagar en el Luarca.

Los dos curas no se fijaron en el picador, pues conversaban animadamente. Uno de ellos decía:

-Hace diez días que estoy aquí, esperando verlo. Me paso el día entero en la antesala y no quiere recibirme.

-¿Qué hay que hacer, entonces?

-Nada. ¿Qué puede hacer uno? No se puede ir en contra de la autoridad.

-He estado aquí dos semanas, y nada. Espero, pero no quieren verme.

-Venimos de la tierra abandonada. Cuando se acabe el dinero podemos volver.

-A la tierra abandonada. ¿Qué le importa a Madrid, Galicia? Somos una región pobre.

-En Madrid es donde uno aprende a comprender las cosas. Madrid mata a España.

-Si por lo menos atendieran a uno, aunque fuese para una respuesta negativa…

-No. Tiene que esperar hasta cansarse y desfallecer.

-Pues bien, ya veremos. Puedo esperar como lo hacen otros.

En este momento, el picador se puso de pie, caminó hacia la mesa de los sacerdotes y se detuvo cerca de ellos, con su pelo canoso y su cara de gavilán, mientras los miraba con una sonrisa.

-Un torero -explicó uno de los curas al otro.

-¡Y qué torero! -dijo el picador, y de inmediato salió del comedor, con la chaqueta gris, el talle ajustado, las piernas estevadas y los estrechos pantalones que cubrían sus botas de ganadero de altos tacones, que sonaron con golpes secos cuando se alejó fanfarroneando, mientras sonreía porque sí. Su mundo profesional pequeño y estrecho, era un mundo de eficiencia personal, de nocturnos triunfos alcohólicos y de insolencia. Encendió un cigarrillo y salió rumbo al café, no sin antes inclinar bien su sombrero en el zaguán.

Los curas salieron inmediatamente después del picador, dándose prisa al advertir que eran los últimos en abandonar el comedor, y entonces no quedó nadie en el salón, excepto Paco y el camarero de edad madura, que limpiaron las mesas y llevaron las botellas a la cocina.

En la cocina estaba el muchacho que lavaba los platos. Tenía tres años más que Paco y era muy cínico y mordaz.

-Toma esto -dijo el hombre mientras llenaba un vaso de Valdepeñas y se lo ofrecía.

-¿Y por qué no? -y el joven tomó el vaso.

-¿Y tú, Paco?

-Gracias -dijo éste, y los tres se pusieron a beber.

-Bueno, yo me voy -dijo el mozo viejo.

-Buenas noches -le dijeron los jóvenes.

Salió y ellos se quedaron solos. Paco tomó la servilleta que había usado uno de los curas y, erguido, con los tacones plantados, la bajó mientras seguía el movimiento con la cabeza, y con los brazos efectuó una lenta y vasta verónica. Luego se dio vuelta y, adelantando ligeramente el pie derecho, hizo el segundo pase, ganó un poco de terreno sobre el imaginario toro y realizó un tercer pase, lento, suave y perfectamente medido. Después recogió la servilleta hasta la cintura y balanceó las caderas, evitando la embestida del toro con una media verónica.

El muchacho que lavaba los platos, que se llamaba Enrique, lo observaba con un gesto de desprecio.

-¿Qué tal es el toro? -preguntó.

-Muy bravo -dijo Paco-. Mira.

Y, deteniéndose, erguido y esbelto, hizo cuatro pases más, perfectos, suaves, elegantes y graciosos.

-¿Y el toro? -preguntó Enrique, apoyado en el fregadero. Tenía puesto el delantal y todavía no había terminado su vaso de vino.

-Tiene gasolina para rato -contestó el otro.

-Me das lástima -dijo Enrique.

–¿Por qué? ¿Está mal?

-Fíjate.

Enrique se quitó el delantal y, mientras señalaba al toro imaginario, esculpió cuatro gigantescas verónicas perfectas y lánguidas, y terminó con una rebolera que hizo girar el delantal sobre el hocico del toro mientras se alejaba de él.

-¿Qué te parece? -concluyó-. ¡Y pensar que tengo que ganarme la vida lavando platos!

-¿Por qué?

-Por el miedo. El mismo miedo que tendrías tú al encontrarte en la arena frente a un toro.

-No -replicó Paco-. Yo no tendría miedo.

-¡Bah! Todos tienen miedo. Pero un torero puede dominar ese miedo y vencer al toro. Cierta vez intervine en una lidia de aficionados y tuve tanto miedo que escapé corriendo. Todos creían que sería algo muy divertido. Tú también te asustarías. Si no fuera por el miedo, cualquier limpiabotas de España sería torero. Y tú, un muchacho del campo, te asustarías más que yo..

-No -dijo Paco.

En su imaginación lo había hecho muchísimas veces. Infinidad de veces vio los cuernos, el hocico húmedo del toro, las orejas crispadas y luego cómo agachaba la cabeza para la embestida. Oía el golpe seco de los cascos del animal. Lo veía pasar a su lado mientras él balanceaba la capa. Vio la nueva embestida y volvió a balancear la capa, y luego una y otra vez, para concluir mareando al animal con su gran media verónica y alejándose con oscilaciones de las caderas, con pelos del toro que se habían prendido de los adornos de oro de su chaqueta en los pases más ajustados. El toro había quedado hipnotizado y la multitud aplaudía con entusiasmo… No, no tendría miedo. Otros podían sentirlo, pero él no. Sabía que iba a ser así. Aunque siempre hubiera tenido miedo, estaba seguro de que podría hacerlo con toda calma. Tenía confianza.

-Yo no tendría miedo -repitió.

-¡Bah! -volvió a exclamar Enrique, y después de una pausa agregó-: ¿Y si hiciéramos la prueba?

-¿Cómo?

-Mira -explicó el lavador de platos-. Tú piensas siempre en el toro, pero te olvidas de los cuernos. El toro tiene tanta fuerza que los cuernos cortan como un cuchillo, se clavan como una bayoneta y matan como un garrote. Mira -y al decir esto abrió un cajón de la mesa y sacó dos cuchillas de cortar carne-. Las ataré a las patas de una silla. Luego haré de toro poniéndola delante de mi cabeza. Imaginémonos que las cuchillas son los cuernos. Si logras hacer esos pases, puedes ser considerado una cosa seria.

-Préstame tu delantal. Lo haremos en el comedor.

-No -dijo Enrique, despojándose repentinamente de su amargura habitual-. No lo hagas, Paco.

-Sí. No tengo miedo.

-Pero lo tendrás, cuando veas cómo se acercan las cuchillas…

-Ya veremos -concluyó Paco-. Dame el delantal.

Y Enrique empezó a atar las dos cuchillas de hoja gruesa y afilada como la de una navaja a las patas de la silla, utilizando dos servilletas sucias que arrollaba a la altura de la mitad de cada cuchilla, apretándolas lo más fuerte que le era posible.

Entretanto, las dos camareras, hermanas de Paco, se dirigían al cine para ver a Greta Garbo en «Anna Christie». De los dos sacerdotes, uno estaba sentado leyendo su breviario, y el otro rezaba el rosario. Todos los toreros de la pensión, excepto el que se encontraba enfermo, habían hecho ya su aparición nocturna en el café Fornos, donde el picador corpulento y de cabellos negros jugaba al billar, y el matador bajo y respetuoso se hallaba delante de una taza de café con leche en una mesa muy concurrida, al lado del banderillero y de unos obreros serios.

El picador canoso dado a la bebida, tenía un vaso de brandy cazalás y observaba con placer la mesa ocupada por el matador que ya había perdido el coraje, otro que renunciaba a la espada para ser de nuevo banderillero y dos viejas prostitutas.

Por su parte, el subastador estaba charlando con varios amigos en la esquina; el camarero alto estaba en la reunión anarco-sindicalista, esperando con ansiedad la ocasión de hacer uso de la palabra, y el mayor de los camareros se encontraba sentado en la terraza del Café Álvarez, bebiendo una copa de cerveza. En cuanto a la dueña de la Pensión Luarca, dormía ya, boca arriba, con el almohadón entre las piernas. Era una mujer alta, gorda, honrada, limpia, tranquila y muy religiosa. Todavía añoraba a su marido y no dejaba de rezar por él todos los días, a pesar de que hacia veinte años que había muerto. El matador enfermo continuaba en su cuarto, solo, acostado boca abajo, con un pañuelo en la boca.

En el desierto comedor, Enrique estaba haciendo el último nudo en las servilletas que ataban las cuchillas a las patas de la silla. Después dirigió las patas hacia adelante y sostuvo la silla sobre su cabeza, a cada lado de la cual apuntaba una de las afiladas cuchillas.

-Pesa mucho -dijo-. Mira, Paco, va a ser muy peligroso. No lo hagas.

Estaba sudando…

Frente a él, Paco sostenía el delantal extendido, con un pliegue en cada mano, con los pulgares arriba y los índices hacia abajo, esperando la carga de la imaginaria bestia.

-Avanza en línea recta -indicó-. Luego vuélvete como hace el toro. Y hazlo todas las veces que quieras.

-¿Y cómo sabrás cuándo cortar el pase? -preguntó Enrique-. Es mejor hacer tres y después una media.

-Entendido. Pero, ¿qué esperas? ¡Eh, torito! ¡Ven, torito!

Con la cabeza gacha, Enrique corrió hacia él, y Paco balanceó el delantal junto a la afilada cuchilla, que pasó muy cerca de su vientre, negro y liso, de puntas blancas, y cuando Enrique se dio vuelta para volver a atropellar, vio la masa cubierta de sangre del toro y oyó el golpe de los cascos que pasaban a su lado, y, ágil como un gato, retiró la capa, dejando que aquél siguiera su carrera. Enrique preparó entonces una nueva embestida y esta vez, mientras calculaba la distancia, Paco adelantó demasiado su pie izquierdo -cosa de dos o tres pulgadas- , y la cuchilla penetró en su cuerpo con la misma facilidad que si se hubiese tratado de un odre. Entonces sintió un calor nauseabundo junto con la fría rigidez del acero. Al mismo tiempo oyó que Enrique gritaba:

-¡Ayl ¡Ay! ¡Déjame que lo saque! ¡Déjame sacártelo!

Paco cayó hacia adelante, sobre la silla, sosteniendo todavía en sus manos el delantal convertido en capa. Enrique, en su afán de separar al compañero, empujaba la silla, y la cuchilla se hundía en él, en él, en Paco…

Por fin salió, y él se sentó sobre el piso, en el charco caliente que se agrandaba cada vez más.

-Ponte la servilleta encima. ¡Fuerte! -dijo Enrique-. Aprieta bien. Iré corriendo en busca del médico. Debes contener la hemorragia.

-Haría falta una ventosa de goma -respondió Paco, que había visto usar eso en la arena.

-Yo atropellé en línea recta -balbuceó Enrique, sollozando-. Lo único que quería era mostrarte el peligro…

-No te preocupes -la voz de Paco parecía lejana-, pero trae el médico.

En la arena, cuando alguien resulta herido, lo levantan y lo llevan corriendo a la sala de operaciones. Si la arteria femoral se vacía antes de llegar, llaman al sacerdote…

-Avisa a uno de los curas -continuó Paco, que sostenía la servilleta con todas sus fuerzas contra la parte baja del abdomen. No podía creer que le hubiera ocurrido aquello.

Pero Enrique ya estaba en la calle San Jerónimo y se dirigía corriendo hacia el dispensario de urgencia. Paco se quedó solo. Primero se levantó, pero el dolor lo hizo caer de nuevo, y permaneció en el suelo hasta lanzar el último suspiro, sintiendo que su vida se escapaba como el agua sucia sale de la bañera cuando uno levanta el tapón. Estaba asustado, y, al sentirse desfallecer, trató de decir una frase de contrición. Recordaba el comienzo, pero apenas pronunció, con la mayor rapidez posible: «¡Oh, Dios mío! Me arrepiento sinceramente de haberte ofendido, a Ti, que mereces todo mi amor, y resuelvo firmemente…»; se sintió ya demasiado débil y cayó boca abajo sobre el piso, expirando en pocos segundos. Una arteria femoral herida se vacía más pronto de lo que uno piensa.

Mientras el médico del dispensario subía por la escalera acompañado por el agente de policía, que llevaba del brazo a Enrique, las dos hermanas de Paco estaban en el monumental cinematógrafo de la Gran Vía. La película de la Garbo les deparó una gran desilusión. Nadie quedó conforme con el mísero papel de la gran estrella, pues estaban acostumbrados a verla siempre rodeada de gran lujo y esplendor. Los espectadores demostraban su desagrado mediante silbidos y pateos. Los otros habitantes del hotel estaban haciendo casi exactamente lo mismo que cuando ocurrió el accidente, excepto los dos curas, que habían terminado sus devociones y se preparaban para ir a dormir, y el canoso picador, que trasladó su copa a la mesa ocupada por las dos viejas prostitutas. Un poco más tarde salió del café con una de ellas: la que había acompañado en la borrachera al matador que perdiera el coraje.

Y el joven Paco no se enteró nunca de esto ni de lo que aquella gente iba a hacer al día siguiente. Ni se imaginaba cómo vivían, en realidad, ni cómo terminarían sus existencias. Murió, como dice la frase española, lleno de ilusiones. No había tenido tiempo en su vida para perder ninguna de ellas, ni siquiera, al final, para completar un acto de contrición.

Tampoco tuvo tiempo para desilusionarse por la película de Greta Garbo, que defraudó a todo Madrid durante una semana.

FIN

Publicado originalmente el 2 de abril de 2020. Actualizado el 1 de agosto de 2026 con revisión editorial, nuevas fuentes y contexto histórico.


La capital del mundo, de Ernest Hemingway: análisis y significado

Paco trabaja como aprendiz de camarero en la Pensión Luarca, en Madrid, y está fascinado por los toreros que se hospedan allí. Mientras él los contempla como hombres extraordinarios, el lector descubre una realidad bastante menos atractiva: algunos están enfermos, otros han perdido el favor del público y uno ya no puede enfrentarse al toro con la seguridad que tuvo antes.

Sobre esa diferencia entre lo que Paco imagina y lo que realmente tiene delante construye Ernest Hemingway buena parte de La capital del mundo. El cuento apareció originalmente en la edición de junio de 1936 de Esquire con el título The Horns of the Bull. Dos años después pasó a llamarse The Capital of the World al incorporarse a The Fifth Column and the First Forty-Nine Stories.

La historia puede leerse como una tragedia sobre un muchacho que sueña con ser torero, pero alrededor de Paco existe algo más amplio: trabajadores que esperan una oportunidad, profesionales venidos a menos, sacerdotes que no consiguen ser recibidos por las autoridades y personas que han llegado a Madrid buscando una vida distinta.

¿De qué trata La capital del mundo?

Paco trabaja en la Pensión Luarca, un establecimiento madrileño donde viven varios toreros y otros huéspedes con recursos limitados. Para él, Madrid todavía tiene algo de extraordinario. Su empleo significa comida abundante, ropa limpia, luces y cercanía con el ambiente taurino que admira.

Entre los huéspedes hay tres matadores cuyas carreras atraviesan distintos problemas. Uno está enfermo y vende sus trajes; otro dejó de despertar interés entre el público; el tercero fue un torero valiente hasta que una cornada modificó su manera de enfrentarse al toro. Paco, sin embargo, no contempla ese mundo desde la experiencia. Lo conoce desde la admiración.

Después del servicio termina en la cocina con Enrique, el muchacho que lava los platos. Paco reproduce con una servilleta movimientos de una corrida y asegura que, si estuviera realmente frente a un toro, no tendría miedo. Enrique cuestiona esa seguridad. Para demostrarle la diferencia entre imaginar el peligro y sentirlo cerca, ata dos cuchillas a las patas de una silla y propone utilizarla como un toro improvisado. El juego acaba provocando una herida mortal.

El accidente ocupa solo la parte final. Para entender por qué resulta importante, hay que volver a todo lo que Hemingway ha mostrado antes sobre Paco y las personas que él admira.

Paco quiere ser torero, pero solo conoce la imagen del toreo

Paco está convencido de que quiere convertirse en torero. En su imaginación ha realizado los pases muchas veces y sabe cómo cree que debería comportarse delante del animal. El problema no es que ignore por completo qué ocurre en una plaza. Ha visto y aprendido movimientos, conoce vocabulario taurino y observa diariamente a profesionales. Lo que desconoce es la experiencia física del miedo.

Mientras Paco imagina el toreo como una actividad en la que podría demostrar elegancia y valor, los hombres que viven en la pensión permiten al lector conocer sus consecuencias reales. Uno de los matadores ha quedado condicionado por una cornada. Otro está enfermo y vende sus pertenencias relacionadas con la profesión. Otro ha visto desaparecer la atención del público. Los picadores y banderilleros saben también que su trabajo depende del cuerpo y que llegará un momento en que perder velocidad puede significar sentir miedo ante cosas que antes controlaban.

Paco está rodeado, por tanto, de información que contradice sus ilusiones. La diferencia es que todavía no sabe interpretarla. Stephen Cooper estudia precisamente esta oposición en Illusion and Reality: “The Capital of the World”. Su lectura relaciona el cuento con la iniciación, el desencanto producido por la experiencia, la naturaleza del miedo y la necesidad de enfrentarse a la muerte.

Ese contraste permite entender mejor la tragedia: Paco desea entrar en un mundo cuya parte menos atractiva está frente a él, aunque todavía no sea capaz de verla.

El miedo que Paco cree no tener

La conversación con Enrique convierte esa contradicción en el centro de la acción. Paco asegura que no tendría miedo delante de un toro porque se ha enfrentado muchas veces a él dentro de su imaginación. Puede visualizar los cuernos, la embestida, los movimientos de la capa y hasta el entusiasmo del público. Enrique introduce el elemento que esa fantasía no puede reproducir: el peligro real.

Él mismo admite haber sentido miedo durante una corrida de aficionados. Su argumento es bastante sencillo: ejecutar un movimiento sin riesgo no demuestra qué hará una persona cuando sepa que un error puede herirla o matarla. Por eso las cuchillas atadas a una silla no son únicamente un mecanismo para conducir el argumento hacia el accidente. Materializan aquello que Paco había excluido de su fantasía.

Hasta ese momento, los cuernos que imagina no pueden tocarlo. Cuando las cuchillas se acercan, la distancia entre representación y experiencia desaparece. Paco no muere porque desconozca los movimientos. El accidente ocurre después de que haya conseguido evitar varias embestidas. Muere porque bastan unas pocas pulgadas de error para que un peligro imaginado se convierta en una lesión irreversible.

Los toreros de la pensión ya conocen lo que Paco ignora

Hemingway dedica bastante espacio a los toreros antes de concentrarse en Paco y Enrique. Esa extensión puede parecer extraña si la historia se reduce únicamente a “un muchacho que quiere ser torero y sufre un accidente”. Los matadores permiten ver lo que puede ocurrir después de alcanzar aquello que Paco desea. El que alguna vez tuvo valor ahora pierde la serenidad cuando observa los cuernos. El enfermo intenta ocultar su deterioro y se desprende de sus trajes. Otro ha dejado de ser una novedad y ya no consigue atraer espectadores.

El prestigio tampoco es permanente. En ese ambiente, el valor y la capacidad técnica cuentan, pero también la salud, la opinión del público, el dinero, la apariencia y la posibilidad de continuar trabajando. Ángel García González analiza el peso del modelo taurino en varios personajes de Hemingway en El “hierro” ibérico del héroe hemingwayano, publicado en Atlantis. El estudio incluye expresamente a Paco entre las figuras vinculadas con ese modelo de valor, riesgo y comportamiento frente a situaciones límite.

Para Paco, el torero todavía pertenece al terreno de la admiración. Para los propios toreros de la Pensión Luarca, es un oficio del que dependen el cuerpo, la reputación y los ingresos.

La Pensión Luarca es también un retrato de quienes esperan en Madrid

La pensión no funciona únicamente como alojamiento de los personajes. Dentro de ella coinciden personas que mantienen alguna expectativa sobre Madrid: toreros que necesitan contratos, trabajadores, Paco y sus hermanas, sacerdotes llegados desde Galicia y otros huéspedes que viven con distintos grados de precariedad.

Algunos esperan trabajo. Otros esperan recuperar una posición que tuvieron. Los sacerdotes esperan incluso ser recibidos por funcionarios que llevan días negándose a atenderlos. La conversación entre ellos amplía considerablemente el alcance del cuento. Hablan de Galicia como una región pobre y expresan su frustración ante una administración que puede limitarse a hacerlos esperar hasta que se queden sin dinero y regresen a casa.

Madrid aparece así de dos maneras diferentes. Para Paco es todavía una ciudad llena de posibilidades, luz, comida y personajes admirables. Para otros huéspedes es un sitio donde esperar puede convertirse en desgaste. La contradicción importa porque el muchacho vive dentro del mismo espacio que esas personas, pero todavía interpreta Madrid desde la expectativa del recién llegado.

Por qué se llama La capital del mundo

El título puede parecer una celebración de Madrid, pero dentro del cuento funciona con una ironía mayor. Paco ve la capital como un sitio extraordinario. Frente a él están los toreros que admira, las luces, los cafés y un trabajo que considera mucho mejor que la vida que dejó en Extremadura. El lector recibe simultáneamente otra imagen.

Hay toreros enfermos o sin futuro profesional, trabajadores mal pagados, sacerdotes ignorados por la administración y personas que intentan mantener una apariencia de prosperidad aunque estén gastando sus últimas pesetas. Hasta el comienzo del relato introduce una ironía mediante el nombre del protagonista: en Madrid hay tantos muchachos llamados Paco que una llamada dirigida a uno podría convocar a cientos.

Paco es especial para la historia, pero dentro de la ciudad es también uno entre muchos jóvenes que han llegado buscando una oportunidad. Esa tensión ayuda a leer “capital del mundo” no como una afirmación objetiva sobre Madrid, sino desde la distancia entre la ciudad imaginada y la ciudad experimentada. Para Paco, Madrid todavía puede ser el centro del mundo. Para buena parte de las personas que lo rodean, es un lugar donde las aspiraciones encuentran límites concretos.

Qué significa que Paco muera “lleno de ilusiones”

El final insiste en una circunstancia particular: Paco muere antes de tener tiempo para perder sus ilusiones. No llega a convertirse en torero y fracasar. Tampoco llega a comprender completamente el miedo que Enrique intentaba explicarle. Ni siquiera tiene tiempo para descubrir cómo terminarán las vidas de los toreros que admira. Eso diferencia su tragedia de la de los hombres adultos de la pensión. Ellos han tenido experiencia suficiente para descubrir la distancia entre lo que esperaban y aquello en lo que se convirtió su vida profesional.

Paco no. Su muerte ocurre mientras todavía cree en la posibilidad de una versión distinta de sí mismo. Por eso decir simplemente que el relato trata de “sueños rotos” resulta insuficiente. Los sueños de Paco ni siquiera alcanzan a romperse de la manera habitual. No llega a comprobar que estaba equivocado. Stephen Cooper coloca precisamente la ingenuidad de Paco dentro de un conflicto más amplio entre ilusión, experiencia, miedo y desencanto. El lector ya ha visto el futuro posible de Paco en los hombres de la pensión. Paco muere antes de verlo.

Madrid continúa mientras Paco muere

Uno de los recursos más duros del final es que Hemingway desplaza brevemente la atención hacia los demás personajes mientras Paco está herido. Sus hermanas están en el cine. Los toreros siguen en los cafés. Los sacerdotes continúan con sus actividades. La dueña de la pensión duerme. La ciudad no se detiene. Ese contraste cambia la escala del accidente. Para Paco, esos minutos contienen toda su vida; alrededor, casi nadie sabe todavía lo ocurrido. Incluso sus hermanas se encuentran decepcionadas por la película que están viendo mientras él agoniza.

La coincidencia entre ambas situaciones refuerza la presencia del desencanto en el cuento: ellas salen del cine decepcionadas por una imagen que no cumplió sus expectativas, mientras Paco muere sin tiempo para sufrir un desencanto semejante respecto de sus propias fantasías. Hemingway no necesita explicar que Madrid es indiferente. Lo muestra mediante acciones simultáneas que continúan mientras Paco queda solo.

Tauromaquia, valor y prestigio

La tauromaquia es esencial para el cuento, pero no porque Hemingway quiera explicar una corrida. Le permite examinar qué ocurre alrededor de conceptos como valor, miedo, dignidad, reputación y apariencia. Los hombres de la pensión dependen profesionalmente de esas categorías. Un torero necesita demostrar valor, pero también mantener el interés del público. Puede poseer capacidad técnica y aun así perder contratos. Puede conservar la apariencia de seguridad y al mismo tiempo haber quedado condicionado por una cornada.

Enrique introduce una definición más práctica del valor: tener miedo no impide actuar. La cuestión es qué hace una persona cuando reconoce que el peligro existe. Paco todavía interpreta el valor de otra manera. Cree que él simplemente no sentirá miedo. La diferencia es importante. El artículo de García González sitúa precisamente el mundo taurino como uno de los referentes utilizados por Hemingway para pensar comportamientos frente al peligro y personajes que se miden por su respuesta ante situaciones límite. El accidente convierte en experiencia aquello que Paco solo había ensayado mentalmente.

La muerte de Paco no convierte a Enrique en el responsable moral del cuento

Enrique prepara la silla y las cuchillas, pero Hemingway evita presentarlo como alguien que quiera hacer daño a Paco. Intenta detener la prueba antes de comenzarla y reconoce que puede resultar demasiado peligrosa. Su intención inicial es demostrar algo sobre el miedo. Cuando se produce la herida, busca ayuda inmediatamente.

Esto importa porque el cuento no necesita un culpable sencillo. La tragedia surge de una combinación de ingenuidad, desafío, confianza, juego y peligro físico. Paco insiste en continuar porque quiere demostrar que su seguridad no depende únicamente de la imaginación. El resultado no confirma que fuera un cobarde. Tampoco demuestra que hubiera llegado a ser un buen torero. Solo muestra la diferencia entre ensayar una situación y quedar expuesto a sus consecuencias.

Cómo escribe Hemingway La capital del mundo

A diferencia de algunos relatos mucho más concentrados de Hemingway, La capital del mundo dedica una cantidad considerable de espacio a personas que no intervienen directamente en el accidente final. Eso no significa que sean personajes sobrantes. Los toreros, los sacerdotes, los camareros, las hermanas de Paco y los otros huéspedes construyen el entorno que el joven todavía interpreta con entusiasmo. La información produce una ventaja para el lector: sabemos más sobre el fracaso que Paco.

Cuando él habla con confianza sobre convertirse en torero, ya conocemos a hombres que estuvieron más cerca de cumplir ese sueño y han terminado enfermos, olvidados o asustados. Esa diferencia de información genera buena parte de la ironía del cuento. Hemingway tampoco necesita anunciar que Paco es ingenuo a cada momento. Coloca su entusiasmo junto a hechos que lo contradicen y permite que el lector observe la distancia. El resultado es un relato en el que la tragedia final ya estaba preparada mucho antes de que aparecieran las cuchillas.

Por qué La capital del mundo es más que un cuento sobre toreros

La tauromaquia organiza la historia de Paco, pero no agota el relato. Alrededor de él hay personas que han llegado a Madrid con expectativas distintas y han tenido que negociar con enfermedad, falta de dinero, burocracia, pérdida de prestigio o miedo. Paco todavía no pertenece completamente a ese grupo porque conserva casi intacta su capacidad de imaginar un futuro extraordinario.

Esa es precisamente su diferencia. El cuento muestra a un joven antes del desencanto rodeado de adultos que ya lo conocen. Por eso su muerte no resulta trágica únicamente porque sea accidental o porque ocurra demasiado pronto. También lo es porque Paco no llega a descubrir qué parte de aquello que imaginaba podía ser real y cuál pertenecía únicamente a sus ilusiones.

Madrid seguirá allí. Los toreros continuarán buscando trabajo. Sus hermanas regresarán del cine. Los sacerdotes seguirán esperando. Paco es quien ya no tendrá tiempo para comprobar qué habría ocurrido con sus planes.

Dónde leer La capital del mundo

Si quieres continuar con otros cuentos, en Yaconic puedes consultar Relatos breves de Ernest Hemingway, donde explicamos qué encontrarás en seis de sus relatos.

Redacción

Lilián Villanueva

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