La Ciudad de México no se explica sin sus contradicciones, y la figura de Marco Rascón Córdova Super Barrio es el epicentro de muchas de ellas. Si bien el imaginario colectivo lo guarda como el héroe del post-85, una revisión ácida y necesaria revela a un estratega que supo cabalgar la tragedia para construir un andamiaje de poder vecinal que no siempre fue transparente.
Rascón, un activista forjado en la radicalidad, entendió antes que nadie que el hambre de vivienda de miles de damnificados era el combustible perfecto para un nuevo tipo de corporativismo urbano que desafiaría, pero también negociaría, con el viejo régimen priista. Detrás de la máscara roja y amarilla de Marco Rascón Córdova Super Barrio se gestó una estructura de control que para muchos críticos fue el origen del clientelismo moderno en la capital.
La Asamblea de Barrios, bajo su mando, no solo detuvo desalojos; también se convirtió en un árbitro que decidía quién recibía casa y quién no, basándose en la lealtad al movimiento. Este «gobierno en la sombra» generó roces profundos con otros colectivos damnificados que veían en el personaje una forma de personalismo que asfixiaba la toma de decisiones democrática y horizontal que el sismo había despertado originalmente.
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El performance como arma política y sus sombras negociadas
El éxito mediático de Marco Rascón Córdova Super Barrio radicó en su capacidad para teatralizar la miseria y la lucha. Sin embargo, lo que pocos mencionan es que esa misma visibilidad le otorgó una silla privilegiada en las mesas de negociación con el Departamento del Distrito Federal (DDF). En los pasillos de la política «rasposa», se sabe que el personaje servía como válvula de escape: el gobierno cedía en ciertos predios a cambio de que la movilización no escalara a niveles incontrolables, creando un juego de espejos donde la confrontación y el pacto caminaban de la mano.
Esta dualidad permitió que Marco Rascón Córdova Super Barrio transitara de la calle a las instituciones con una velocidad que generó sospechas entre sus bases más radicales. Mientras el personaje «luchaba» contra el Fobaproa en los años 90 o se «enfrentaba» simbólicamente a figuras del poder, en la realidad se tejían alianzas que terminarían por llevarlo a la Cámara de Diputados. Para sus detractores, la máscara fue el disfraz perfecto para una ambición política convencional que terminó por institucionalizar el descontento social, desactivando el potencial revolucionario de la organización vecinal.
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Del activismo a la bohemia: El retiro en la colonia Roma
La metamorfosis de Marco Rascón Córdova Super Barrio hacia la gastronomía y la crónica cultural es vista por algunos como una evolución natural y por otros como un abandono de la trinchera. Al establecer su bastión en el restaurante Peces, en una colonia Roma que hoy sufre la gentrificación que él mismo combatió en los 80, surge una ironía incómoda. Rascón pasó de defender vecindades a ser el anfitrión de la intelligentsia que consume el barrio como un producto estético, evidenciando la brecha entre el activista de bota y el analista de mantel largo.
Incluso en su labor como cronista, Marco Rascón Córdova Super Barrio ha mantenido una relación tensa con las nuevas corrientes de la izquierda. Su crítica ácida hacia el actual sistema de gobierno le ha valido el mote de «resentido» por parte de los nuevos cuadros políticos, mientras él acusa una pérdida de brújula ética en los movimientos contemporáneos. Esta ruptura no es menor: refleja el quiebre generacional de una izquierda que nació en la calle y que, al llegar al poder, parece haber olvidado las tácticas de resistencia que el mismo Rascón ayudó a sistematizar con su alter ego enmascarado.
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El cruce con los derechos humanos y el desgaste del símbolo
Al analizar el impacto de Marco Rascón Córdova Super Barrio en los derechos humanos, es imposible ignorar el desgaste del símbolo. El uso de la figura de Superbarrio por otros actores —incluyendo intentos de «Superbarrios» piratas o auspiciados por el propio gobierno— terminó por caricaturizar una demanda legítima. El derecho a la vivienda se volvió, en muchos casos, una moneda de cambio electoral, y la figura del luchador social pasó de ser una amenaza al sistema a ser una pieza folclórica del paisaje urbano, desprovista de su carga explosiva original.
Hoy, la historia de Marco Rascón Córdova Super Barrio debe leerse con la lupa de la verificación y el rigor. No se puede negar su audacia para poner el cuerpo en los momentos más críticos de la ciudad, pero tampoco se puede omitir cómo el personaje fue el laboratorio de un estilo de hacer política que hoy define la gestión de la CDMX: el uso de la identidad popular como escudo para la consolidación de grupos de presión. Al final, Rascón y su máscara son el testimonio de una época donde la resistencia urbana aprendió que, para vencer al monstruo, a veces hay que aprender a hablar su mismo lenguaje de pactos y sombras.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





