El fenómeno del lenguaje soez ha sido, durante siglos, un campo marginado por la academia tradicional; sin embargo, el origen de las groserías constituye uno de los pilares más fascinantes para comprender la evolución del pensamiento humano y las fronteras de lo prohibido.
Científicamente, estas expresiones no se generan en las mismas áreas cerebrales que el lenguaje convencional. Mientras que la comunicación lógica y gramatical se procesa en el neocórtex, el origen de las groserías se localiza en el sistema límbico, la zona más primitiva del cerebro encargada de las emociones y los instintos de supervivencia.
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Esta distinción neurológica explica por qué el léxico prohibido es, en esencia, una respuesta biológica a la frustración, el dolor o la sorpresa, funcionando de manera independiente a la estructura del habla cotidiana.
Para profundizar en la raíz de este fenómeno, debemos analizar el término mismo bajo una lupa etimológica. La palabra «grosería» deriva del latín grossus, que originalmente se utilizaba para describir algo «grueso» o «tosco», sin una carga necesariamente negativa.
Durante la Edad Media, el origen de las groserías estuvo ligado a la estratificación social: lo «grosero» era simplemente el lenguaje del vulgo, de aquellos que no tenían acceso a la educación refinada de la corte.
No obstante, la verdadera potencia de una palabra no reside en su fonética, sino en el tabú que transgrede. Históricamente, el origen de las groserías ha fluctuado entre tres grandes esferas de lo prohibido: lo sagrado (blasfemia), lo escatológico (fluidos corporales) y lo sexual, mutando según los miedos y valores de cada época.
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Respecto a la interrogante de quién inventó la primera grosería, la respuesta es tan antigua como la capacidad de simbolizar el mundo y establecer normas. El origen de las groserías coincide con el nacimiento de las primeras estructuras sociales; en cuanto el ser humano estableció qué era sagrado o privado, nació la posibilidad de profanarlo verbalmente como un acto de rebelión o descarga.
En las civilizaciones antiguas, desde los sumerios hasta los romanos, ya existían registros de términos impronunciables utilizados en la sátira y la protesta. Así, el origen de las groserías no responde a la ocurrencia de un individuo, sino a una necesidad colectiva de catarsis que permite liberar presión psicológica sin recurrir a la violencia física.
El origen de las groserías está intrínsecamente ligado a la honestidad emocional; diversos estudios sugieren que maldecir en entornos de confianza puede fortalecer los lazos grupales y actuar como un analgésico natural.
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El origen de las groserías en México revela un proceso de mestizaje único y profundamente simbólico. La raíz del insulto mexicano no es solo una herencia del castellano antiguo —donde términos como «pendejo» pasaron de describir el vello púbico a calificar la falta de inteligencia— sino que se entrelaza con el trauma de la Conquista.
El origen de las groserías mexicanas tiene su eje central en el concepto de «la chingada», una palabra cuya etimología sugiere tanto la agresión como la derrota. Como señaló Octavio Paz, este léxico funciona como una armadura invisible; el mexicano utiliza las groserías para cerrar su mundo interior y proteger su identidad en un juego de poder constante.
En México, la grosería es un arte barroco que define quién es el que domina y quién es el que resiste, convirtiendo el lenguaje en un espejo de nuestra historia emocional y social.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





