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ARTE31 agosto, 2026

¿Qué es el ballroom? La comunidad que creó familias cuando la sociedad las expulsó

¿Qué es el ballroom? La comunidad que creó familias cuando la sociedad las expulsó
Robbie, Temperance, Terry y Octavia, integrantes de House of Saint Laurent, en Harlem, 1989. Fotografía: Chantal Regnault.
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Antes de ser conocido por el voguing, las pasarelas y las competencias, el ballroom funcionó, sobre todo, como un espacio de comunidad. Esta cultura tomó su forma moderna en Nueva York entre finales de los años sesenta y la década de 1970. Especialmente dentro de comunidades negras y latinas LGBTQ+, que transformaron una larga tradición de drag balls y concursos en escenarios donde las personas podían competir, crear identidad y construir pertenencia.

En una ciudad marcada por el racismo, la homofobia, la transfobia y la exclusión económica, muchas personas negras y latinas LGBTQ+ enfrentaban rechazo familiar, discriminación y falta de oportunidades.

El ballroom ofrecía algo que no necesariamente encontraban afuera: un lugar donde podían ser reconocidas por su identidad, su creatividad y su presencia. De ahí surge un concepto fundamental: las Houses, o Casas.

No eran simplemente grupos de baile. Muchas funcionaban como familias elegidas, especialmente para jóvenes que habían sido expulsados de sus hogares o habían quedado sin redes de apoyo. El ballroom no solo creó un escenario para competir; creó una estructura de pertenencia.

Fotografía en blanco y negro de un bailarín afroamericano haciendo una pose de voguing en una pasarela durante un ball en Nueva York. Lleva lentes oscuros y un atuendo entallado con pedrería, rodeado de público y jueces al fondo.
Competencia de voguing durante un evento de la cultura Ballroom en Nueva York, alrededor de 1990. La fotografía fue publicada en el libro histórico Voguing and the House Ballroom Scene. Foto: © Chantal Regnault.

¿Qué es el ballroom?

El ballroom es una cultura y una comunidad construida alrededor de los balls: competencias en las que integrantes de distintas Houses participan en categorías de baile, pasarela, moda, apariencia y performance. Las Casas funcionan, además, como redes de pertenencia, mentoría y familia elegida. Por otro lado, la colección histórica sobre House/Ballroom de la Biblioteca Pública de Nueva York resume esa estructura a partir de dos elementos inseparables: las Houses y los balls.

El voguing forma parte de esa cultura, pero ballroom y voguing no son sinónimos. El voguing es una forma de baile desarrollada dentro de la escena; el ballroom también incluye categorías que no dependen de él, pasarela, moda, códigos de género, jerarquías comunitarias, Houses, jueces, comentaristas y redes de apoyo. Además, el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana del Smithsonian menciona que el voguing dentro de una tradición ballroom mucho más amplia.

Estas dinámicas tampoco surgieron de la nada. De hecho, los drag balls tienen antecedentes documentados desde finales del siglo XIX. El Museo Nacional de Historia Estadounidense del Smithsonian hace referencia a las celebraciones vinculadas con Hamilton Lodge desde 1869. Además, muestra cómo, para las primeras décadas del siglo XX, estos encuentros ya eran espacios importantes de sociabilidad LGBTQ+ en Harlem.

Octavia St. Laurent y Danielle Revlon en un House of LaBeija Ball durante una competencia de ballroom.
Octavia St. Laurent y Danielle Revlon durante un House of LaBeija Ball. Fotografía: Chantal Regnault (1989–1992).

A comienzos del siglo XX, el norte de Manhattan se convirtió además en uno de los grandes centros culturales de la comunidad afroamericana en Nueva York. El llamado Renacimiento de Harlem impulsó una explosión creativa que transformó la literatura, la música y las artes. Al mismo tiempo, abrió nuevas maneras de pensar la identidad y la vida de las personas negras en Estados Unidos.

Los balls de espacios como Hamilton Lodge pertenecen a esa historia anterior. Décadas después, participantes negras y latinas LGBTQ+ reorganizaron las competencias mediante el sistema de Houses que definiría la cultura house ballroom moderna.

En ese proceso, Paris Dupree, madre fundadora de la House of Dupree, se convirtió en una de las figuras centrales de la escena. También está vinculada con uno de los relatos más conocidos sobre el desarrollo del voguing: la historia recopilada por Ballroom Throwbacks y Destination Tomorrow la muestra utilizando poses inspiradas por las páginas de la revista Vogue. Sin embargo, el voguing se desarrolló colectivamente durante años de competencias e intercambios entre participantes. Por lo tanto, su origen no puede reducirse a una sola persona o a un único momento.

Las Houses: familias cuando la sangre no basta

Las Houses, o Casas, son el corazón del ballroom. Son grupos organizados bajo un nombre que funciona como apellido simbólico y linaje de pertenencia.

La House of LaBeija ocupa un lugar fundamental en esta historia, pero su formación debe entenderse como un proceso. El 13 de febrero de 1967, Crystal LaBeija participó en el Miss All-America Camp Beauty Contest en Nueva York. Quedó en cuarto lugar y abandonó el escenario denunciando el sesgo racial de una competencia en la que las participantes blancas eran favorecidas frente a las competidoras negras. Por cierto, la escena quedó registrada en el documental The Queen. La historia de la Royal House of LaBeija conserva tanto el episodio como la cronología posterior.

Después de aquella experiencia, Lottie LaBeija animó a Crystal a organizar un espacio propio. En 1972, ambas presentaron el “1st Annual House of LaBeija Ball” en Harlem, pensado para participantes racializadas que sufrían exclusión dentro del circuito de concursos. Este momento es central en la consolidación del sistema moderno de Houses. Asimismo, el archivo House/Ballroom de la Biblioteca Pública de Nueva York también sitúa en 1972 el inicio de la cultura house ballroom organizada alrededor de LaBeija.

A partir de ahí, el sistema de Houses comenzó a expandirse y a adquirir nuevas formas. Surgieron Casas como House of Xtravaganza, House of Ninja, House of Dupree y House of Corey, entre muchas otras, cada una con sus propios integrantes, liderazgos y legados. Por consiguiente, las Houses dejaron de ser únicamente equipos para competir en los balls: se convirtieron en familias elegidas, redes de apoyo y espacios donde las personas podían construir una identidad colectiva.

Participante caminando una categoría de runway en un ball fotografiado por Gerard H. Gaskin
Una categoría de runway dentro de la escena ballroom. Fotografía: Gerard H. Gaskin, de su serie Legendary.

Más que equipos de competencia, las Houses son redes de supervivencia, apoyo y reconocimiento. De hecho, una investigación etnográfica sobre la comunidad ballroom y el VIH encontró que las Casas pueden funcionar como hogares simbólicos y, en algunos casos, literales. Además, ofrecen amistad, acompañamiento, información y apoyo práctico a sus integrantes.

En medio del racismo, la homofobia, la transfobia y la exclusión económica, ofrecen aquello que muchas veces el mundo de afuera niega: un nombre con el que ser reconocido, hermanos y hermanas con quienes compartir el camino y un lugar al que pertenecer. Porque en el ballroom no solo se compite por un trofeo. También se construye una familia y se reclama el derecho de existir, de ser visto y de ser celebrado.

Madres, padres y familias elegidas

Dentro de las Houses, las House Mothers y los House Fathers ocupan un lugar que va mucho más allá del liderazgo.

Pueden enseñar a caminar categorías, aconsejar, organizar prácticas, preparar para los balls, transmitir la historia de la escena, acompañar decisiones personales y compartir los conocimientos adquiridos a lo largo de su propia experiencia. También pueden intervenir en necesidades prácticas y emocionales de los integrantes más jóvenes. Las funciones no están divididas de manera rígida por género y varían según cada House, sus integrantes y la forma en que esa familia haya construido sus propios vínculos.

Una investigación sobre las estructuras familiares del ballroom muestra precisamente que madres y padres cumplen funciones de mentoría y liderazgo dentro de redes que favorecen el aprendizaje entre generaciones.

Son figuras de cuidado que enseñan a habitar el mundo cuando este ha hecho todo lo posible por expulsar de él. Ser una House Mother o un House Father es, en cierta forma, abrir la puerta y decir: aquí tienes un lugar. Aquí puedes ser quien eres. Aquí tu nombre importa, tu cuerpo importa, tu historia importa. Y, por una noche o por toda una vida, nadie tiene que convencerte de que mereces pertenecer.

Para muchas personas LGBTQ+, especialmente aquellas que habían sido expulsadas de sus hogares, estas figuras representaron algo tan sencillo y, a la vez, tan poderoso como tener a quién acudir, a quién llamar familia y con quién aprender a sobrevivir en un mundo que muchas veces les había dado la espalda.

Esta red adquirió una dimensión todavía más profunda durante la crisis del VIH/SIDA. Desde la década de 1980, la epidemia golpeó con fuerza a las comunidades LGBTQ+ y estuvo acompañada por un enorme estigma y discriminación. Para algunas personas, las Houses se convirtieron en espacios de compañía y cuidado justo cuando sus redes familiares o sociales se debilitaban.

Los estudios sobre ballroom y VIH han documentado apoyo para encontrar vivienda, atención médica, pruebas, grupos de acompañamiento e información de prevención. Esas estructuras no sustituyeron al Estado ni fueron idénticas para todos sus integrantes, pero sí permitieron que muchas personas encontraran una red cuando el abandono podía ser tan peligroso como la enfermedad.

Mucho más que voguing

La moda ocupa un lugar fundamental. En los balls, la ropa no funciona únicamente como vestimenta: puede ser una declaración, una fantasía o una forma de construir una identidad. Las categorías permiten explorar distintos códigos de belleza, elegancia, feminidad, masculinidad y presencia. Vestirse también podía ser una forma de imaginar otra vida. En una categoría, alguien podía convertirse en una modelo, una celebridad, una persona rica o una figura de poder. El ball permitía, aunque fuera durante unos minutos, habitar esa posibilidad.

La música y el performance construyen la atmósfera de estos encuentros. El ritmo, la voz del DJ y los comentarios del commentator (la voz principal que guía el evento) acompañan a quienes salen a competir y convierten el cuerpo en una herramienta de expresión. Cada movimiento puede comunicar actitud, identidad, deseo o desafío.

Y es precisamente el cuerpo uno de los grandes territorios del ballroom. Para comunidades cuyos cuerpos habían sido históricamente vigilados, estigmatizados o excluidos, estos espacios permitieron convertirlos en protagonistas. El cuerpo se viste, se mueve, se exagera, se transforma y, sobre todo, se celebra.

La identidad y la expresión de género también encuentran aquí un espacio de experimentación. En una categoría, una persona puede convertirse en aquello que el mundo exterior le ha dicho que no puede ser: una reina, un hombre elegante, una mujer poderosa, una celebridad o una versión imaginada de sí misma.

Categorías como Realness llevan este juego todavía más lejos. Aquí importa distinguir la identidad de quien compite de aquello que se evalúa. En Femme Queen Realness, por ejemplo, compiten mujeres trans y se juzga su capacidad de ser leídas socialmente dentro de códigos convencionales de feminidad; Butch Queen Realness suele evaluar cómo un hombre gay o bisexual puede ser leído mediante códigos asociados con la masculinidad heterosexual. Butch Queen Up in Drag Realness pertenece a otra categoría histórica de presentación femenina, mientras que Executive Realness trabaja con códigos visuales asociados con el mundo profesional y de negocios.

Estas categorías han cambiado con el tiempo y pueden variar entre escenas, pero una investigación de Marlon M. Bailey sobre género y Realness en el ballroom muestra que su funcionamiento está ligado a la capacidad de ser leído dentro de normas dominantes de género, sexualidad y clase.

Detrás del espectáculo existe entonces una pregunta más profunda: ¿qué significa ser leído como hombre, como mujer o como alguien que pertenece a determinado mundo?

Realness puede ser juego, actuación y competencia, pero históricamente también ha estado relacionado con la seguridad y la posibilidad de moverse por espacios donde ser identificado como queer o trans podía implicar discriminación o violencia. La categoría trabaja con códigos sociales que existen fuera del ball: ropa, gestos, cuerpos, profesiones, clase y formas de masculinidad o feminidad. Una revisión contemporánea sobre Realness menciona además las discusiones que existen dentro de la propia comunidad sobre los límites y contradicciones de esos códigos.

Todo esto ocurre dentro de las competencias ballroom, conocidas como balls. Los participantes se enfrentan en distintas categorías y son evaluados por jueces de acuerdo con criterios específicos. Se compite por trofeos, reconocimiento y prestigio, pero también por algo menos tangible: ser visto y reconocido por la propia comunidad.

Porque en una sociedad que podía decirte que no eras suficientemente bello, masculino, femenino, rico, elegante o exitoso, el ball construía un espacio con sus propias reglas. Afuera podían decirte que no pertenecías; dentro del ballroom podías ganar una categoría.

El ballroom no es solamente una danza ni una competencia. Es un lenguaje cultural construido alrededor del cuerpo, la imaginación y la posibilidad de ser reconocido.

Vista aérea de una mujer afroamericana sonriendo en el suelo mientras realiza una pose de voguing en la categoría de pasarela. Viste un traje completo de cuero negro ajustado con botas de tacón altas, rodeada por un círculo de personas y espectadores que aplauden sosteniendo abanicos plegables rojos y negros sobre un suelo de madera.

¿Por qué el ballroom sigue siendo importante?

El ballroom no es una reliquia del pasado: es una cultura viva, en expansión y en constante transformación. Más de cincuenta años después de la consolidación del sistema moderno de Houses en Nueva York, sigue siendo relevante porque responde a necesidades que persisten. Además, ha demostrado una capacidad extraordinaria para adaptarse sin perder su historia.

El ballroom sigue vigente porque su núcleo no ha perdido urgencia. En un mundo donde la discriminación por género, orientación sexual, raza o clase sigue siendo una realidad cotidiana, los balls continúan ofreciendo lo que siempre ofrecieron. Así, brindan una familia, una pasarela, una pista de baile y un espacio propio.

Parte del lenguaje asociado con ballroom y con otras comunidades queer negras también llegó a la cultura popular. Expresiones como “shade”, “werk” o “yass” circulan hoy mucho más allá de esos espacios. Sin embargo, sus genealogías no son siempre idénticas ni pueden atribuirse todas a un único punto de origen. Esa expansión del vocabulario es parte del mismo proceso mediante el cual gestos, bailes y formas de presentación desarrolladas en comunidades racializadas LGBTQ+ terminaron entrando al entretenimiento masivo.

Lo que nació en Nueva York también desarrolló escenas fuera de Estados Unidos. En París, por ejemplo, Lasseindra Ninja explicó a Vogue cómo una pequeña comunidad comenzó a aprender y organizar sus propios balls a mediados de los años 2000. En México, la escena de la Ciudad de México cuenta desde hace años con Houses y competencias propias. Por otro lado, una crónica de la UNAM sobre la escena ballroom mexicana recoge los testimonios de integrantes que participaron en su formación.

Primer plano de un joven afroamericano bailando activamente voguing en un salón. Viste una camisa negra semiabierta y un abrigo de cuadros beige y verde con las manos apoyadas en su cadera. Al fondo, varios espectadores sentados lo observan atentos, incluyendo a una mujer rubia con un vestido azul.
Escena forma parte de la obra cinematográfica independiente Paris Is Burning, distribuida internacionalmente por la compañía cinematográfica Miramax y publicada digitalmente en medios globales de moda y cultura como la revista Vogue. Foto: © Jennie Livingston

Internet y las redes sociales ayudaron a difundir videos, competencias, archivos y clases y facilitaron conexiones entre escenas distantes. Eso no significa que una plataforma digital «fundara» esas comunidades. En realidad, los contextos locales, sus integrantes y quienes transmitieron directamente los conocimientos del ballroom fueron fundamentales para que cada escena adquiriera su propia forma.

Esta internacionalización no es solo geográfica, es también generacional y digital. Jóvenes que nunca pisaron un ball en Nueva York pueden hoy encontrarse con sus categorías, sus pasos y su historia. Entonces, a partir de ahí, pueden acercarse a comunidades locales. El ballroom se ha convertido en un lenguaje global, pero con acentos propios en cada ciudad.

El ballroom ha moldeado la música pop, la moda, el cine y la televisión. Desde «Vogue» de Madonna (1990) hasta producciones posteriores que incorporan poses, dips, catwalks y otros códigos de la escena, su influencia puede encontrarse en distintas zonas de la cultura popular. Así, series como Pose, My House o Legendary llevaron diferentes aspectos del ballroom a audiencias mucho más amplias.

La moda también ha absorbido el ballroom: pasarelas, campañas y editoriales han tomado actitudes, formas de caminar y referencias visuales construidas dentro de la escena. Esto ha ocurrido a veces con participación directa de sus integrantes y otras veces sin el mismo nivel de contexto o reconocimiento.

Pero esta creciente visibilidad tiene un costo. A medida que el ballroom entra al mainstream, aumenta el riesgo de que sus elementos (voguing, lenguaje, moda, categorías) sean separados de las comunidades que los desarrollaron.

El caso más citado es el de Madonna. Vogue, popularizó el voguing a escala global y el proyecto contó con bailarines vinculados directamente con la escena, entre ellos José Gutiérrez Xtravaganza. En una historia oral publicada por Vogue, el propio Xtravaganza relata cómo mostró el voguing a Madonna. Después, trabajó con ella. Al mismo tiempo, la enorme visibilidad de la canción abrió un debate que continúa hasta hoy sobre apropiación, crédito, participación y la facilidad con la que una práctica creada por comunidades negras y latinas LGBTQ+ puede ser consumida sin su contexto.

Fotografía artística en blanco y negro que muestra el reflejo en un espejo distorsionado de una mujer afroamericana con un vestido de satén escotado mirando fijamente hacia un lado. Al fondo, a través del reflejo, se aprecia a otra persona bailando con una boa de plumas blancas.
Camerino de un ball en Harlem, Nueva York, alrededor de 1991. Parte del libro histórico Voguing and the House Ballroom Scene, publicado por la editorial británica Soul Jazz Books. Foto: © Chantal Regnault

Ese debate no tiene una sola lectura. Una revisión de Vogue sobre el trigésimo aniversario de «Vogue» reconoce tanto su papel decisivo para llevar el ballroom hacia públicos masivos como las discusiones sobre apropiación y visibilidad. El problema no está simplemente en que una influencia viaje. Lo importante es quién recibe reconocimiento, oportunidades y beneficios cuando lo hace.

La comunidad también ha desarrollado estrategias para compartir su cultura sin perder la historia que la sostiene. Talleres, conversatorios, paneles y espacios formativos permiten aprender categorías y movimiento junto con su contexto. En México, por ejemplo, Cultura UNAM ha organizado conversaciones con integrantes de la escena dedicadas justamente a explicar la historia, la estructura de un ball, las categorías y lo que significa pertenecer al ballroom.

La visibilidad también ha abierto oportunidades profesionales para performers, bailarines, coreógrafos y figuras de la escena. El desafío está en mantener el equilibrio: celebrar la expansión sin permitir que la cultura sea vaciada de su significado. También consiste en abrir las puertas sin borrar a quienes las construyeron y en reconocer la influencia sin desaparecer a sus creadores.

El ballroom sigue siendo importante porque, en el fondo, no ha cambiado su propósito: crear espacios donde personas excluidas puedan ser protagonistas. Da igual que hoy haya balls fuera de Nueva York o que el voguing aparezca en videos de pop. El núcleo sigue siendo el mismo —una comunidad que dice “aquí estoy” con el cuerpo, con la ropa, con la actitud, con la voz—.

Y mientras haya personas que necesiten un lugar donde ser reconocidas, donde su nombre importe, donde su cuerpo sea celebrado, el ballroom seguirá siendo necesario. No como reliquia, no como tendencia, sino como lo que siempre fue: un acto de resistencia, un lenguaje de supervivencia, una forma de decir —con cada pose, cada dip, cada grito del público— “aquí estoy, y merezco pertenecer”.

Redacción

DeaPalabras

DeaPalabras es creadora de contenido, cantante, compositora e ilustradora mexicana. Vocalista del proyecto Monere, ha colaborado con diversos medios en contenidos sobre música, cultura y entrevistas a artistas. Su trabajo también abarca la cartonería, la literatura, el cine y la difusión de expresiones culturales contemporáneas.

LinkedIn:DeaPalabras

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