Por Héctor Villarreal / @VillarrealH

I

Una parte del trabajo Ignacio López Bocanegra o Nacho López (1923-1986) es de mucha solemnidad. Es la que se dedica a retratar a comunidades indígenas: coras, huicholes, tzotziles, tarahumaras, ñañhus, mixes, etcétera. Hay en todas un aire a la escuela visual de Serguéi Eisenstein en ¡Que viva México!, en escenarios de fiesta, funeral y diversas ritualizaciones de la vida comunitaria como lo más auténtico de la mexicanidad. El México más México de todos, singular ante el mundo. Se percibe una especie de impronta de un Fernando Benítez, como la idea de que lo indígena es cultura y cultural. Los indios de México como nuestros campeones de la mexicanidad. Los del México profundo con su patrimonio lingüístico, sus tradiciones y expresiones artísticas.

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Estéticamente es impecable: como su reportaje sobre el Día de Muertos (1950), entre luces y sombras perfectamente contrastadas y fondos paisajísticos a lo Gabriel Figueroa. El indio aparece siempre como cosa seria. Sólo se le puede ver como un ser espiritual, héroe-santo-mártir-víctima-sacrificado-mitoviviente, del que no cabe verle rascándose la nariz, echando la hueva o en alguna plática informal; son seres superiores para los que inclusive el ocio es conexión con la trascendencia, la historia y los dioses del estadio.

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Si bien es un trabajo muy bien hecho, carece de un sello propio autoral. Estas fotografías bien pueden formar parte de una colección, de un fondo reservado, del catálogo patrimonial; pero no hay singularidad ni arte, sino pura antropología.

II

Hay otra faceta de Nacho López: la de la experimentación. En ésta hace un trabajo mucho más interesante. Deja de lado la fotografía como un medio de documentación de la realidad para hacer de ella un proceso de creación artística. Ya no es el fotógrafo que sale a la calle, a la sierra o a la selva para captar lo que otros hacen o lo que pasa. Se convierte en un sujeto metido en su estudio para hacer que la fotografía se vuelva un vehículo de expresión más allá de lo figurativo, con numerosos autorretratos influidos por alguna estética de la modernidad, por la idealización de la vanguardia. De esta etapa pueden verse autorretratos en técnicas de fotocomposición, en los que su rostro aparece recortado en fragmentos y recompuesto caprichosamente. Hay un yo idealizado o un alter ego futuristoide, un personaje de cómic o protagonista de la, entonces, era atómica. Nacho López utiliza la fotografía como una técnica que le permite dar tratamiento y acabado a sus propios bocetos hechos a lápiz. O emplea lentes que le permiten captar imágenes curvas o circulares. Su hechura tal vez no es excelsa, pero aquí sí hay un sello autoral artístico.

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Algo más: en la propia exposición Nacho López. Fotógrafo de México, que puede verse en estos días en el Palacio de Bellas Artes, hay una sala dedicada a su fotografía de la danza —a veces desde el punto de vista de un simple espectador esto es lo menos destacado— y otras más en las que hay una dirección para hacer construir con los bailarines imágenes sui generis, retratos de figuras entrelazadas perfectamente geométricas, sincronía, secuencia, sorpresa… La fotografía es aquí un medio complementario de otras artes, pero también se vale de éstas para hacer una creación, digamos, original. Tengo entendido que a lo largo de su vida, Nacho López contrajo matrimonio con dos bailarinas, para mayores señas de su involucramiento con esta disciplina.

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III

Luego existe una faceta mejor que cualquiera otra: la del cronista urbano. Aquí Nacho López recupera su experiencia documentalista y fotoperiodística; pero le da la vuelta para inscribirse en el arte sin las pretensiones de la experimentación en el estudio. Innova por medio de la intervención de la realidad. Me parece, por mucho, su trabajo más interesante. La fotografía se muestra artística, pero no del modo solemne, sino lúdico. Nacho nos comparte un magnífico sentido del humor, algo que con frecuencia se pierde entre los fotógrafos y, no se diga, entre los fotodocumentalistas.

Sus fotoensayos o ensayos fotográficos nos demuestran que la fotografía es una actividad que también sirve para divertirse, para bromear, para vacilar, que también puede ser un vehículo para la cábula popular, que fotografiar a los pobres no puede tener solamente intención para los dramas de la denuncia y el compromiso con las causas justicieras, como tampoco para protagonizar la nota roja. Hay un espectro muy amplio, que es el de la vida cotidiana: el billar, el cabaret, el mercado, el parque, la pulquería, el barrio cuando no está de fiesta, el pobre cuando no está sufriendo ni está en unos quince años.

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En ese sentido, Nacho López es precursor de la época actual en la que se toman fotos para compartir lo gracioso o llamativo a la pasada sin la menor intención periodística: el incidente peatonal, el rótulo malhecho, la coincidencia jocosa, el ridículo, el humor involuntario, los morros que se dan un tiro, un cerdo sobre un patín tirado por un hombre, polleros desplumando… Nacho asume en plenitud su condición chilanga, como un portavoz del barrio. Es mucho más cronista y ensayista de la Ciudad de México que Carlos Monsiváis; sin intelectualizar, nos muestra los puntos finos de nuestras identidades y condiciones metropolitanas capitalinas. Juguetea con los contrastes entre la modernidad y el rezago; viviendas misérrimas en azoteas con la Torre Latinoamericana al fondo, como una ironía del progreso de México, desigual, pero divertida; sabrosa, pero paradójica. Los títulos de sus series encierran aforismos: Sólo los humildes van al infierno; y, otra, Prisión de sueños, en relación con la vida en prisión. O, quizá mejor de todos: Alguna vez fuimos humanos, estampas de la miseria con gente que no está sufriendo ni quejándose.

IV

Dos de sus series o ensayos, acaso los más famosos o al menos los más memorables, son particularmente característicos de su sentido del humor: Cuando una mujer guapa parte plaza en Madero (1953) y La Venus se fue de juerga por los barrios bajos (1953). Se trata de trabajos que hoy día recibirían acusaciones de machistas, sexistas, misóginos, posiblemente feminicidas y seguramente instigadores del acoso sexual y la objetualización de la mujer.

En la primera, una modelo sumamente acinturada, la actriz Mati Huitrón, llama notoriamente la atención de los hombres a su paso en la calle de Plateros (hoy Madero). Se trata de una coreografía, de una actuación o, como se dice ahora, de performance, que representa la provocación. La cámara supone captar el instante de la seducción en los hombres suspenden la respiración y se les cae la baba. La exposición de Bellas Artes muestra, junto a la serie, un video con un fragmento de la película Ciudad de Ciegos (Alberto Cortés, 1991), en la que Gabriela Roel recrea el paseo durante un minuto y cuarenta segundos. El motivo hace mucho que se volvió lugar común de la publicidad.

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El otro ejercicio, el de la Venus, es una especie de experimento social. Capta las reacciones en la calle, el camión, y la pulquería de un hombre acompañado por un bello maniquí femenino. Ella, la Venus, es blanca, alta, esbelta, de facciones finas y de piel muy blanca. Es una burguesa, una dama de la alta sociedad, metida en el barrio para el asombro de todos y para el lucimiento de ese hombre que, orgulloso, por un día va con una acompañante que más de alguno le ha de envidiar.

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V

López cuenta con una veta cinematográfica poco conocida, intelectualizada hasta donde alcanzo a ver, de una idealización de la vida rural. En cuanto a su trabajo periodístico, me parece que lo mejor puede ser lo que hizo en Cuba para documentar el proceso revolucionario desde 1959, a los quince días de que Castro entró triunfador a la Habana. Trabajo injustamente desconocido en la medida que merece. Korda dio los retratos, pero Nacho López captura magistralmente los momentos más frescos y vitales de la Revolución Cubana en su hora más tierna. Resulta especialmente interesante ver estas fotos en estos días en que el capitalismo se asoma viento en popa por la isla y se extingue para siempre el sueño guevarista.

VI

Después del número que Luna Córnea dedicó a Nacho López, publicado en 2007, muy poco o nada puede agregarse. Tras 484 páginas, el tema se agota. Quien realmente quiera saber más de él, ahí está todo, entre textos de Armando Bartra, Citlali López (su hija), Margo Glantz, el propio Nacho y una decena de autores más, gente que de verdad sabe sobre fotografía y arte. Destacan para mí, dos textos de Nacho: uno, su crónica en La Habana; y otro, sobre Juan Rulfo como fotógrafo.

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Editor Yaconic

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