En el Olimpo de las marcas perfectas y los cronómetros implacables, existe una historia paralela que no siempre se cuenta en los resúmenes oficiales. Mientras el mundo celebra hoy proezas técnicas como las de Ilia Malinin, es fundamental voltear la mirada hacia las disidencias olímpicas, aquellos actos de rebeldía que utilizaron la máxima tribuna del deporte para denunciar la exclusión y la norma hegemónica.
Estos actos no son simples anécdotas; son fracturas en un sistema que, históricamente, ha preferido la uniformidad estética y política por encima de la autenticidad humana y la diversidad de los cuerpos. Hechos que aunque han sido reportados por los medios, no manejan el mismo discurso entre sí. Mientras uno pondera el reconocimiento, la otra narrativa señala y resalta lo negativo de un hecho que buscaba visibilidad adecuada.
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El castigo a la rebeldía
El caso de Surya Bonaly es el ejemplo perfecto de cómo el sistema utiliza «tecnicismos estéticos» para borrar disidencias olímpicas. En Nagano 1998, su salto fue prohibido no por ser el más peligroso (otros saltos fallidos en la historia han causado lesiones graves), sino porque rompía con la imagen de fragilidad y «gracia femenina» que el patinaje artístico exigía de las mujeres, especialmente de las atletas negras.
Pero Surya no es la única que ha usado la máxima tribuna del deporte para lanzar un grito de guerra:
- Tommie Smith y John Carlos (México 68): El icónico saludo del Black Power en el podio. No fue un simple gesto deportivo; fue un acto de protesta contra la segregación racial en Estados Unidos. Esta manifestación de las disidencias olímpicas les costó la expulsión inmediata de la Villa Olímpica y décadas de acoso sistémico, aunque hoy se les reconozca como héroes de los derechos civiles.
- Věra Čáslavská (México 68): La gimnasta checoslovaca que agachó la cabeza y desvió la mirada durante el himno soviético en protesta por la invasión de la URSS a su país. Un gesto silencioso y elegante que la convirtió en paria para el régimen de su hogar, pero en una leyenda de la resistencia política.
- Raven Saunders (Tokio 2020): Al cruzar sus brazos en una «X» en el podio, representando la intersección donde se encuentran todas las personas oprimidas. Su presencia es un hito dentro de las disidencias olímpicas, uniendo la lucha racial, la visibilidad de la salud mental y el orgullo de la comunidad LGBTQ+.
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Salir del clóset: La última frontera de las disidencias olímpicas
La disidencia también es identidad. Durante décadas, los atletas vivieron en el clóset para no perder patrocinios o ser castigados por jueces conservadores que calificaban la «expresión» de forma subjetiva. La apertura hacia la diversidad sexual ha sido uno de los motores más fuertes de las disidencias olímpicas en el siglo XXI.
- Tom Daley (Tokio 2020): Su visibilidad como hombre gay y padre, tejiendo en las gradas mientras esperaba sus turnos, rompió con el arquetipo del atleta hipermasculino, rígido y unidimensional. Su normalización de la vida queer en la élite deportiva es un acto de disidencia en sí mismo.
- Quinn (Tokio 2020): Hizo historia como la primera persona trans no binaria en ganar una medalla de oro con el equipo de fútbol de Canadá. Su participación abrió una grieta necesaria en el rígido binarismo del deporte, cuestionando quiénes tienen derecho a habitar el podio y bajo qué etiquetas.
Hablar de disidencias olímpicas es entender que el cuerpo es el primer territorio de soberanía. Ya sea a través de un backflip prohibido en el hielo o de una declaración de identidad, estos atletas nos enseñan que el verdadero espíritu de la competencia reside en desafiar lo establecido para exigir justicia.
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El cuerpo como campo de batalla geopolítico
Imane Khelif (París 2024): La boxeadora argelina se convirtió, sin buscarlo, en el epicentro de una de las mayores polémicas de las disidencias olímpicas contemporáneas. Su sola presencia en el ring desató una campaña de desinformación global sobre su identidad de género, impulsada por organismos internacionales en conflicto con el COI.
El ataque hacia Khelif no fue solo deportivo, fue un castigo público a una mujer que no cumplía con los estándares estéticos occidentales de feminidad. Su medalla de oro no fue solo un triunfo atlético; fue una respuesta contundente contra el acoso sistémico y una defensa del derecho a habitar un cuerpo diverso sin ser violentada por el escrutinio mundial.
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Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





