Historia del maquillaje: de Egipto al punk y la era digital

Publicado originalmente el 20 de marzo de 2026. Actualizado el 27 de mayo de 2026 con revisión editorial, nuevas fuentes y contexto histórico.
El maquillaje ha servido para cuidar la piel, proteger los ojos, marcar pertenencia social, actuar en escena, vender una imagen pública y expresar identidad. Su historia no empieza en internet ni en los tutoriales: viene de pigmentos antiguos, recetas médicas, cortes europeas, cine, guerra, música y tecnología.
La historia del maquillaje es también la historia de cómo distintas sociedades han entendido el rostro. A veces fue medicina, otras lujo o exigencia social. E incluso fue una forma de aparecer en público con más libertad.
Aunque hoy se asocia con bases, sombras, labiales, delineadores, rubores y productos de cuidado facial, el maquillaje nació mucho antes de la industria cosmética moderna. Su origen está en minerales molidos, grasas, aceites, plantas, ceras, pigmentos y mezclas hechas a mano. En muchas culturas antiguas, pintarse la cara no era solo una cuestión de apariencia: también podía tener usos religiosos, médicos o de protección.
El origen del maquillaje: Egipto y los pigmentos para los ojos
Uno de los ejemplos más antiguos y mejor estudiados del maquillaje viene del antiguo Egipto. Hombres y mujeres usaban pigmentos alrededor de los ojos, sobre todo kohl negro y pintura verde. El Museo Metropolitano de Arte explica que la pintura ocular se preparaba con minerales como galena y malaquita, molidos en paletas de piedra, mezclados con grasa y aplicados con un pequeño palillo. La galena daba el tono oscuro; la malaquita, el color verde.
El kohl egipcio suele explicarse como adorno o protección contra el sol, pero su historia es más compleja. Algunas fórmulas contenían compuestos de plomo. Eso ha llevado a decir que los egipcios se envenenaban al maquillarse, pero la investigación científica apunta a otra lectura: ciertas sales de plomo fueron preparadas de manera intencional y pudieron tener una función médica.
Un estudio publicado en la Biblioteca Nacional de Medicina encontró que algunos compuestos de plomo usados en preparaciones oculares egipcias podían estimular la producción de óxido nítrico, una molécula relacionada con la respuesta del sistema inmunológico. En el contexto del valle del Nilo, donde las infecciones oculares eran frecuentes, esas mezclas pudieron ayudar a proteger los ojos.
Esto no significa que el plomo sea seguro. El plomo es tóxico y no debe usarse en cosméticos actuales. La diferencia está en el contexto histórico: algunas fórmulas egipcias usaban sales específicas, en cantidades controladas, dentro de preparaciones que combinaban apariencia, cuidado y medicina. Estudios recientes también muestran que el kohl egipcio no tenía una sola receta; podía incluir distintos minerales y materiales orgánicos.

Grecia y Roma: belleza, clase social y riesgos para la salud
En Grecia y Roma, la cosmética también formó parte de la vida cotidiana. Se usaban polvos para aclarar el rostro, pigmentos para mejillas y labios, aceites perfumados y mezclas para ojos. La piel clara se asoció durante mucho tiempo con una posición social alta, porque indicaba que una persona no trabajaba bajo el sol.
El problema es que varias recetas antiguas incluían sustancias que hoy sabemos que son peligrosas. Algunos productos para aclarar la piel contenían compuestos de plomo o mercurio. El Science Museum Group señala que el maquillaje blanco con plomo se usó durante siglos en Europa, aunque sus riesgos ya eran conocidos desde la Edad Moderna. Su uso prolongado podía causar daños en la piel, dientes y salud general.
Esta relación entre belleza y riesgo se repitió muchas veces en la historia del maquillaje. Durante siglos, verse de cierta manera podía importar más que la seguridad de los ingredientes.
Versalles y el rostro blanco del siglo XVIII
En el siglo XVIII, la corte francesa convirtió el maquillaje en parte visible de la vida social. El rostro blanco, el rubor marcado y los lunares postizos formaban parte de la apariencia aristocrática. No era solo gusto personal: en la corte, la imagen pública ayudaba a mostrar posición, cercanía al poder y pertenencia a un grupo social.
Los polvos blancos podían contener cerusa, un compuesto de plomo usado para aclarar la piel. El Bowes Museum explica que los cosméticos presentes en retratos de sociedad del siglo XVIII podían incluir plomo blanco, mercurio, arsénico y carmín. También señala que el plomo podía afectar la piel y los dientes.
Los lunares postizos, conocidos como mouches, también fueron populares. Eran pequeños parches de tela negra que se pegaban en el rostro, cuello o pecho. El Met conserva una caja francesa del siglo XVIII para guardar rubor y parches, objetos comunes en círculos de la corte.
Además de cubrir marcas o resaltar la palidez de la piel, los parches podían tener un juego social según su ubicación. Podían colocarse cerca del ojo, en la frente o debajo del labio, y cada lugar podía asociarse con un mensaje de coqueteo o presencia social.
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Siglo XIX: cuando el maquillaje visible se volvió sospechoso
Después de los excesos de la corte y de los cambios políticos en Europa, el siglo XIX favoreció una apariencia más discreta. En el mundo anglosajón, el maquillaje visible se asoció con el teatro, el comercio sexual o la falta de decencia. La piel clara, las mejillas rosadas y los labios suaves eran aceptables siempre que parecieran naturales.
Durante buena parte del siglo XIX en Estados Unidos, “pintarse” el rostro se consideraba vulgar y se vinculaba con la prostitución. Por eso muchas mujeres recurrían a recetas caseras, pigmentos de flores o bayas para labios y mejillas, y cenizas para oscurecer cejas o pestañas.
Esa etapa no eliminó el maquillaje: lo volvió menos visible. La idea era verse bien sin que pareciera que se había usado pintura facial. Esa tensión sigue presente en tendencias actuales que prometen una piel “natural”, aunque detrás haya varios productos.
El siglo XX: cine, trabajo y mercado cosmético
El cambio más fuerte llegó a principios del siglo XX. Las ciudades crecieron, más mujeres entraron al trabajo pagado, aparecieron nuevas formas de consumo y el cine ayudó a cambiar la relación con el maquillaje. Lo que antes podía verse como vulgar empezó a presentarse como moderno.
En los años veinte se volvió más común que las mujeres, sobre todo en ciudades, usaran maquillaje visible: máscara de pestañas, delineador, sombras y labial. La influencia de Hollywood, las actrices de teatro y las flappers ayudó a que las mujeres maquilladas también fueran vistas como respetables.
Hollywood fue clave porque la cámara necesitaba rostros definidos. Max Factor, maquillista de origen polaco que trabajó en la industria del cine estadounidense, desarrolló productos pensados para actores y primeros planos. The New Yorkerrecuerda que en 1914 creó una grasa cosmética más flexible para cine, y que más tarde el maquillaje Pan-Cake ayudó a resolver problemas de color en el cine Technicolor.
Ese vínculo entre cine y maquillaje cambió el consumo. Los productos ya no eran solo para teatro o salones privados. Las marcas empezaron a vender tonos, empaques y promesas de belleza cotidiana a mujeres que querían acercarse al rostro de las actrices.
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El labial rojo: símbolo moderno y mito sufragista
El labial rojo es uno de los productos con más carga cultural. Se ha relacionado con glamour, sensualidad, poder, trabajo, guerra y feminismo. Sin embargo, una de sus historias más repetidas necesita contarse con cuidado.
Durante años se dijo que Elizabeth Arden repartió tubos de labial rojo a sufragistas que marchaban por la Quinta Avenida de Nueva York en 1912. La anécdota se volvió popular, pero no cuenta con pruebas sólidas. El Makeup Museum revisó registros de prensa, fotografías y versiones comerciales de esa historia, y concluyó que no hay evidencia clara de que Arden entregara labiales durante esa marcha. También señala que algunos productos citados en esa versión no aparecen documentados antes de 1919.
Lo verificable es más interesante que el mito. A inicios del siglo XX, el maquillaje visible empezó a relacionarse con mujeres más presentes en la calle, el trabajo, el consumo y la vida pública. El labial rojo ganó fuerza como una señal de modernidad, especialmente cuando dejarse ver maquillada dejó de ser una falta moral y empezó a formar parte de una nueva imagen femenina urbana.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el maquillaje también tuvo un uso social importante. Las campañas de reclutamiento, los carteles oficiales y la publicidad de la época presentaban a mujeres trabajadoras o enfermeras con labial y máscara de pestañas. Incluso señala que el gobierno estadounidense levantó restricciones de materiales para fabricantes de cosméticos, porque el maquillaje se había vuelto parte de la imagen femenina nacional durante la guerra.
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Del maquillaje “respetable” al maquillaje de la cultura pop
Después de la guerra, el maquillaje se volvió parte de la vida diaria para muchas mujeres. Tras el conflicto, entre 80% y 90% de las mujeres estadounidenses usaban labial, y marcas como Avon y Revlon aprovecharon ese hábito ya instalado.
En los años cincuenta y sesenta, el maquillaje se vendió como parte de una imagen femenina más doméstica: labios definidos, piel uniforme, cejas cuidadas. Pero al mismo tiempo, la juventud, la música, la televisión y las revistas abrieron otros caminos. Los ojos más marcados de los sesenta, las pestañas exageradas y los colores visibles acompañaron nuevas formas de aparecer en público.
A finales de los sesenta, una parte de la contracultura rechazó el maquillaje por considerarlo artificial o ligado al consumo. El Smithsonian señala que en esa década el uso de maquillaje se volvió un tema político: algunos movimientos defendían la belleza natural, mientras las empresas cosméticas respondían con productos que prometían verse naturales.
Punk: La destrucción del canon de belleza
En los años setenta, el punk usó el rostro como una zona de expresión directa. Delineador negro corrido, sombras oscuras, labios intensos, piel pálida, cejas alteradas y trazos duros ayudaron a construir una imagen opuesta a la belleza pulida de la publicidad.
El Met, en su exposición PUNK: Chaos to Couture, ubicó el nacimiento del punk en los primeros años setenta y revisó su impacto en la moda mediante prendas originales y piezas posteriores influidas por esa escena.
En el maquillaje punk, verse bonito no siempre era el objetivo. El rostro podía usarse para incomodar, exagerar, jugar con el género o crear una presencia más teatral. Figuras como Siouxsie Sioux, los New York Dolls, Leigh Bowery y varias escenas del post-punk y el goth ayudaron a expandir ese uso del maquillaje más allá de la belleza convencional.
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Maquillaje y rostro en la era digital: Camuflaje contra la vigilancia digital
En el siglo XXI, el maquillaje también entró en conversación con la vigilancia, las cámaras y el reconocimiento facial. Un ejemplo importante es CV Dazzle, proyecto creado por el artista e investigador Adam Harvey en 2010 como tesis en el programa Interactive Telecommunications de la Universidad de Nueva York. Según su sitio oficial, CV Dazzle usa cabello y maquillaje con contrastes fuertes para dificultar que ciertos sistemas de visión computarizada detecten un rostro.
El propio Harvey advierte que el proyecto no debe entenderse como una solución universal. Los sistemas de reconocimiento facial han cambiado mucho desde 2010, y una técnica que podía funcionar contra ciertos detectores antiguos no necesariamente funciona contra tecnologías actuales. Aun así, CV Dazzle sigue siendo relevante porque muestra que el maquillaje también puede dialogar con temas de privacidad, identidad y control de la imagen personal.
Esto no significa que cualquier delineado gráfico sirva para evitar una cámara. La historia reciente del maquillaje anti-reconocimiento facial debe contarse con precisión: más que una herramienta infalible, es una propuesta artística y crítica sobre cómo las máquinas leen los rostros.

Entonces, ¿para qué ha servido el maquillaje?
A lo largo de la historia, el maquillaje ha tenido muchos usos. En Egipto podía proteger los ojos y tener valor religioso. Por otro lado, Europa moderna marcó diferencias sociales. En Versalles fue parte de la vida de la corte. Y durante el siglo XIX se escondió bajo la idea de naturalidad. Los años veinte entraron con fuerza al consumo urbano. En Hollywood se volvió inseparable de la cámara. La Segunda Guerra Mundial apareció en carteles y campañas públicas. El punk sirvió para romper con la belleza correcta. En la era digital, incluso puede hablar de privacidad.
La historia del maquillaje no es una línea recta de productos cada vez mejores. Es una historia de materiales, riesgos, modas, comercio, prejuicios, placer y cambio social. También es una historia de cuerpos observados: por la corte, por la calle, por la cámara, por la publicidad o por sistemas digitales.
Hoy maquillarse puede ser rutina, trabajo, juego, cuidado, arte corporal o simple gusto. Pero cada labial, delineador o polvo compacto viene de una historia mucho más larga: la de sociedades que han usado el rostro para decir quiénes son, qué lugar ocupan y cómo quieren ser vistas.
Redacción
Viridiana Velázquez
Editora en Yaconic. Periodista egresada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Mi especialidad es el análisis del consumo cultural y las narrativas mediáticas. Con una década de experiencia como reportera en medios de comunicación como Grupo Mundo Ejecutivo o Indie Rocks! y la Comunicación Social en el Gobierno de la Ciudad de México, examino cómo el poder, el mercado y el marketing determinan la percepción del arte y la sociedad. Te ofrezco una visión profunda de la cultura como producto y como reflejo de nuestro entorno.







