Tengo una relación de amor-odio con los besos. Me gusta darlos, pero no escucharlos. El sonido que hacen otras personas cuando unen sus bocas y las succionan es molesto. Quizá sea la envidia disfrazada de intolerancia, no lo sé. Pero siempre deseo tener un mute para silenciar a esas parejas que, importándoles poco si van encima de ti por el inexistente espacio que hay en el pesero o en el vagón del metro, se besan como si no hubiera mañana. ¿También les pasa?

“Smoochig on the c train” es la escena pintada por el estadounidense Joseph Lorusso que muestra a la perfección ese momento ardiente, aunque, claro, sin el molesto sonido. La magia de la representación gráfica.

El beso, entonces, lo quieres ver con gusto. Mientras en la vida real resulta incómodo estar frente a una pareja apasionada, con esta obra uno quiere quedarse cerca. Observar su cabeza ladeada, sus ojos cerrados, sus labios apretados y manos sujetadas con delicadeza al tubo del tren que, en ese instante, parece sustituir el cuerpo del otro.

Las obras de Joseph Lorusso tienen una fuerza impetuosa que plasman el momento en que dos personas se dejan llevar por sus impulsos en cualquier lugar (en el metro, en un café, afuera de un taxi, en la calle). Con los besucones de este artista pasa algo extraño: la mirada no se desvía, al contrario, se fija. Ese es su atributo.

Nacido en Chicago, Illinois, en 1966, en una familia de ascendencia italiana, Joseph estuvo expuesto al arte a temprana edad. A través de varios viajes a Italia, sus padres lo presentaron a las obras de grandes maestros de esta cultura, quienes más tarde se sumaron a su lista de influencias en las que se puede nombrar también a Édouard Manet y Jean-Édouard Vuillard, a John Singer Sargent, Joaquín Sorolla, James McNeill Whistler, J. Alden Weir, Thomas Wilmer Dewing y Frank W. Benson. De ellos aprendió la intemporalidad, los estados de ánimo y cómo transmitir emociones a través del poco uso de color en la acuarela, técnica que usa mayormente en sus obras.

Todos esos aprendizajes, dentro y fuera de las academias de arte en las que estudió, se fusionaron más tarde con un trabajo que realizó como artista de tarjetas de felicitación. Atarearse con las emociones fue lo que finalmente le dio esa habilidad a Joseph para impactar a las personas usando el arte.

En un texto para la Galería Principle, Joseph escribió que un artista visual tiene la oportunidad de crear el mundo que desea y al mismo tiempo descubrir que su mundo es compartido con otros que necesitan el mismo tipo de salida o escape. “En mi trabajo, mi objetivo es brindar al espectador un punto de partida, un trampolín desde el cual pueda expandir la narración al agregar o reflejar sus propias experiencias”, subrayó.

Por ello no se cansa de pintar escenas que implican un fuerte tema emocional, generalmente escenas románticas o apasionadas que parecen resonar en los que las vemos porque representan escenas de la vida cotidiana con las que la mayoría nos identificamos. Y es que si algo busca este artista es eso: conectar con otros, hacernos recordar un momento. O bien, hacernos desear uno como el de una pareja besándose en medio del hartazgo y el cansancio que se encuentra en un lugar público.

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Claudia Aguilar

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