De Aguascalientes (1887-1918) y con tan solo 31 años vividos creó algunas de las obras plásticas más reconocidas del arte mexicano. La leyenda de los volcanes, Tehuana, La criolla del mantón, El cofrade de San Miguel, Nuestros dioses, entre otras. 

La leyenda de los volcanes

Saturnino Herrán ponderó el mundo prehispánico y la herencia del virreinato para entender quién era el mexicano moderno. Ahí radica su esencia, por ello el lenguaje de su obra sigue al naturalismo, el modernismo y el realismo, de la mano del movimiento simbolista.  

Su maestro fue el catalán Antonio Fabrés en la Academia de San Carlos y fue contemporáneo de Diego Rivera, Roberto Montenegro, Alberto Garduño (éstos tres fueron compañeros de clase), Siqueiros, José Clemente Orozco, Gerardo Murillo «Dr. Atl», José María Velasco y Frida Kahlo, entre otros.

La ofrenda, 1913.

Creó una especie de iconografía de lo mexicano o estética de lo indígena en escenas populares y de vida cotidiana. Sobresalen las costumbres con énfasis en los contrastes lumínicos más una paleta cromática opaca. Se dice que con audaces combinaciones en las composiciones.

Los temas que abordó se relacionan a la religiosidad con personajes alejados de la sociedad moderna sumidos en un estado espiritual. Sus paisajes hablan de lo espectral, lo solitario, lo frío y lo poético. 

El cofrade de San Miguel, 1917.

La mirada de Saturnino connota misticismo, por lo que se le coloca como modernista pero muy distinta de la visión académica. Del paisaje tradicional a lugares envueltos de misterio o magia, pintados en claroscuro del tipo neoimpresionista. 

Su interpretación se focaliza en el aspecto sensorial y emocional del país que habitó. Probablemente su trabajo en  1907 en el departamento de Arqueología del Museo Nacional, determinó tales orientaciones. Ahí estudió el pensamiento indígena de manera científica, antropológica social y documentaba a partir de cómo era el mundo prehispánico. 

La criolla del mantón, 1915.

El contexto de Saturnino es interesante porque la mayoría de la población, especialmente el centro capitalino, temía a las comunidades indígenas porque en la Revolución Mexicana se inicia un carácter de rechazo a los zapatistas que ocuparon Milpa Alta, Tláhuac y Xochimilco. Un miedo a los revolucionarios de aquella guerra en México donde la ley no era  y la gente prefería abandonar la capital.

Saturnino Herrán fue de los mexicanos que no abandonó las tierras mexicanas por ir a prender a otros países y por ello se le destaca como un pintor que desde aquí, logró profundizar por medio de su arte. Sin embargo es poco conocido en comparación con Diego Rivera

Los ciegos, 1914.

Acá te dejamos más de sus pinturas para que contemples el lenguaje de alguien que convivió de manera más profunda con el mundo indígena.

Tehuana

El Quetzal, 1916.

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