En las calles de Leópolis, Ucrania, entre 2011 y 2013, un hombre llamado Slavik no solo sobrevivía a la indigencia; dictaba cátedra de estilo. Sin hogar, sin espejos y con lo que el mundo desechaba, se cambiaba de ropa dos veces al día, se afeitaba con regularidad y mantenía un ritual de vanidad inquebrantable. Fue el fotógrafo Yurko Dyachyshyn quien capturó esta resistencia estética, lanzando al mundo la imagen de Slavik el icono de la moda, un hombre que usaba el espacio público como su propia pasarela de supervivencia.
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El ascenso y la evaporación del mito
Slavik no era una persona en situación de calle convencional. No cargaba bolsas pesadas ni buscaba la compasión a través de la suciedad; su moneda de cambio era su imagen. Durante dos años, Dyachyshyn recolectó más de 100 retratos donde el ucraniano combinaba texturas, capas y colores con una intuición que cualquier stylist de Milán envidiaría. Sin embargo, en 2013, la misma bruma que lo trajo se lo llevó: Slavik desapareció sin dejar rastro, dejando tras de sí un archivo fotográfico que se convirtió en la «biblia» estética de los directores creativos más poderosos de la industria.
La transformación de Slavik el icono de la moda en un fenómeno global no ocurrió en las calles, sino en las pantallas de los diseñadores que buscaban inyectar «realismo» a sus colecciones de lujo. Su desaparición física coincidió con su resurrección como tendencia, marcando el inicio de un debate ético que aún no termina.
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El cinismo del «Homeless Chic»
¿Por qué las élites hoy pagan 2,000 dólares por una sudadera desgastada o una bolsa que imita una de basura? La respuesta reside en el extractivismo cultural. Diseñadores como Demna Gvasalia (Vetements/Balenciaga) han sido señalados por «recontextualizar» los atuendos de Slavik casi de forma literal. Lo que para el ucraniano era una armadura contra el frío y la invisibilidad, para las pasarelas es una mercancía que vende «autenticidad marginal».
El éxito de Slavik el icono de la moda en el imaginario del lujo contemporáneo revela un cinismo profundo: la industria parasita la estética de la precariedad para satisfacer un fetiche de exclusividad. Es la romantización de la pobreza convertida en escaparate, donde la ropa que nace de la necesidad absoluta se vende a quienes nunca han conocido la carencia.
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La lección del último rebelde
A diferencia de los modelos que hoy emulan su porte en las portadas de revistas especializadas, Slavik no buscaba clics ni contratos. Su estilo era un acto de soberanía individual. Él entendió, mucho antes que los grandes departamentos de marketing, que la ropa es el último refugio de la identidad.
Hoy, mientras las marcas de lujo siguen lucrando con la fealdad impostada y el «feísmo» de pasarela, la figura de Slavik el icono de la moda permanece como un espejo incómodo. Su legado no está en las prendas de diseñador que lo imitan, sino en el recordatorio de que la verdadera moda no se compra con dinero, sino con la dignidad de quien decide cómo ser visto, incluso cuando no tiene nada más que su propia piel y un par de prendas encontradas en la acera.
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Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





