En el ecosistema de la narrativa gráfica estadounidense, el cómic Vampirella ocupa un lugar privilegiado como el estandarte de la disidencia editorial. Nacida en 1969 bajo el sello de Warren Publishing, esta heroína no fue concebida para los estantes infantiles dominados por los superhéroes de pijama, sino para los quioscos de revistas de terror para adultos.
Esta estrategia de distribución no fue azarosa; al publicarse en formato de revista, el título logró esquivar la asfixiante censura del Comics Code Authority, permitiendo una libertad creativa sin precedentes en la industria.
La identidad del cómic Vampirella es el resultado de una colisión de talentos multidisciplinarios. Aunque la premisa original fue de Forrest J. Ackerman, su gramática visual fue definida por dos figuras disruptivas: Frank Frazetta, quien dotó al personaje de una fuerza física casi mítica en sus portadas, y Trina Robbins, quien diseñó su icónico atuendo.
Robbins, pionera del cómic feminista y underground, creó un traje que desafiaba la moral de la posguerra, convirtiendo a la protagonista en un símbolo de la estética camp y la liberación visual de finales de los años sesenta.
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Narrativamente, el cómic Vampirella invirtió las leyes del género gótico tradicional. En lugar de ser una criatura surgida de los castillos de Europa del Este, ella es una extraterrestre originaria del planeta Drakulon. Esta hibridez entre la ciencia ficción y el horror permitió que el título explorara dimensiones psicológicas y existenciales mucho más complejas que las de sus contemporáneos.
La llegada de guionistas como Archie Goodwin elevó la calidad literaria de las historias, transformando un producto de consumo masivo en una pieza de culto que analizaba la otredad y el instinto.
Un capítulo fundamental en la historia del cómic Vampirella fue la llamada «invasión española». Durante la década de los setenta, artistas de la agencia Selecciones Ilustradas de Barcelona, liderados por el virtuoso José González, tomaron las riendas del arte interior. González definió el canon visual de la vampiresa con un dibujo realista, elegante y sofisticado que hasta hoy es considerado insuperable.
Esta etapa consolidó al personaje no solo como un ícono del exploitation, sino como una obra de arte gráfico que atrajo la mirada de coleccionistas y críticos de todo el mundo.
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El legado del cómic Vampirella dentro del panorama independiente americano es inabarcable. Fue la punta de lanza que demostró la viabilidad comercial del horror para audiencias maduras, abriendo brecha para que surgieran publicaciones más arriesgadas y experimentales.
A diferencia de otros personajes que han sido domesticados por las grandes corporaciones, Vampirella ha mantenido su soberanía creativa a través de diversas editoriales como Harris y Dynamite, adaptándose a las nuevas sensibilidades sin renunciar a su esencia transgresora y oscura.
Hoy, analizar el cómic Vampirella es estudiar la resistencia de la imaginación frente a los monopolios del entretenimiento. Más que una cara bonita en una portada impactante, ella representa la evolución de la heroína en el arte secuencial: una mujer que es dueña de su propio deseo y de su destino trágico.
Su sombra sigue siendo la más larga en la historia del horror independiente, recordándonos que los monstruos más fascinantes son aquellos que, como ella, se atreven a habitar las fronteras de lo prohibido.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





