Del FOMO al JOMO: por qué perderse algunas cosas empieza a tener otro valor

Después de una década marcada por el FOMO y la conexión permanente, el JOMO plantea una relación distinta con la vida digital. Consiste en encontrar valor en desconectarse, dejar pasar algunas experiencias y decidir cuándo vale la pena estar presente.
Durante años, internet hizo que perderse algo pareciera un problema. Las redes sociales permitieron saber qué hacían otras personas en tiempo real. Además, facilitaban recibir noticias al instante y participar en conversaciones que nunca terminan. De esa dinámica surgió el FOMO (Fear of Missing Outo Miedo de Perderse Algo), una expresión que terminó por describir el miedo a quedar fuera de experiencias que otros parecen estar disfrutando. En psicología, Andrew K. Przybylski y sus colaboradores lo definieron en 2013 como la preocupación persistente de que otras personas estén viviendo experiencias gratificantes de las que uno está ausente. Además, está acompañada del deseo de mantenerse conectado con lo que hacen los demás. La investigación publicada en Computers in Human Behavior vinculó además mayores niveles de FOMO con una participación más intensa en redes sociales.
La conexión permanente no desapareció. Al contrario: una encuesta de Pew Research Center realizada en 24 países durante 2025 encontró que una mediana de 28% de los adultos afirmaba estar conectada a internet casi constantemente y otro 40% varias veces al día. Los menores de 35 años registraron mayores tasas de conexión casi permanente que los grupos de mayor edad en cada uno de los países estudiados. Sin embargo, lo que comenzó a cambiar fue la conversación alrededor de esa disponibilidad. Estar conectado todo el tiempo también significa administrar interrupciones. Además, hay que atender mensajes, comparaciones, noticias, trabajo y una oferta de contenido que nunca termina.
Ahí aparece el JOMO (Joy of Missing Out o Alegría de Perderse algo), la satisfacción que puede producir dejar pasar deliberadamente algunas de esas posibilidades. Todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que la población esté abandonando de manera generalizada el FOMO para adoptar el JOMO. Sin embargo, sí existe investigación sobre fatiga de redes sociales, desconexión voluntaria, reducción del tiempo de pantalla y detox digital que muestra un cuestionamiento creciente de la idea de permanecer disponible siempre. El JOMO funciona mejor como nombre para esa búsqueda de límites. Es más útil que como diagnóstico de una generación entera.

¿Qué es el JOMO?
JOMO significa Joy of Missing Out, que suele traducirse como “alegría de perderse algo”. El emprendedor tecnológico y bloguero Anil Dash popularizó la expresión en una publicación del 19 de julio de 2012, poco después del nacimiento de su hijo. Dash describía el placer de quedarse en casa aunque supiera que afuera ocurrían conciertos, reuniones y acontecimientos a los que en otro momento habría querido asistir. La clave estaba en aceptar que elegir una experiencia implica renunciar a otras. Esa renuncia no debe convertirse en fracaso.
Esa idea invierte la lógica del FOMO. Mientras el miedo a perderse algo empuja a revisar qué hacen los demás y conservar abiertas distintas posibilidades, el JOMO supone aceptar que la atención y el tiempo son limitados. Una persona puede querer seguir usando internet, participar en redes sociales y mantenerse informada. Sin embargo, puede decidir que no todas las conversaciones requieren su presencia ni todas las notificaciones una respuesta inmediata.
La investigación científica sobre JOMO todavía es pequeña y tampoco respalda la idea de que sentirse cómodo al perderse cosas conduzca automáticamente al bienestar. En 2023, Christopher T. Barry, Emma E. Smith, Mackenzie B. Murphy, Brianna M. Halter y Jacob Briggs estudiaron a dos muestras de adultos de entre 18 y 59 años. Encontraron una relación bastante menos sencilla que el contraste popular entre un FOMO negativo y un JOMO positivo. Su artículo en Telematics and Informatics Reports encontró asociaciones del JOMO tanto con satisfacción vital y atención plena como con ansiedad social; además, relativamente pocos participantes quedaron dentro del grupo caracterizado por puntuaciones altas de JOMO.
El motivo de la desconexión cambia el significado. Dejar pasar una fiesta porque se prefiere pasar la noche en casa puede resultar satisfactorio. Sin embargo, evitar encuentros por ansiedad social es otra experiencia, aunque desde fuera ambas parezcan “perderse algo”. Por eso Barry y sus colegas plantean que puede ser más útil estudiar el JOMO como un estado asociado a determinadas situaciones y motivaciones. Es preferible eso antes que como una característica permanente de una persona.

Del FOMO al JOMO: ¿qué cambió?
La historia del FOMO comenzó antes de que TikTok, Instagram o incluso el smartphone definieran buena parte de la experiencia cotidiana de internet. Patrick McGinnis utilizó el término en 2004 en The Harbus, periódico de Harvard Business School, dentro de una columna satírica sobre estudiantes que intentaban mantener abiertas tantas posibilidades sociales y profesionales. Esos estudiantes terminaban incapaces de comprometerse con una sola. Harvard Business School documenta que McGinnis acuñó el término FOMO en una columna humorística publicada en The Harbus en mayo de 2004.
Las redes sociales añadieron una pieza decisiva: hicieron visibles, de manera continua, las posibilidades descartadas. Ya no era necesario imaginar la reunión a la que uno no había ido; podían verse fotografías, videos y comentarios mientras ocurría. En 2013, el trabajo de Przybylski y su equipo convirtió el FOMO en un concepto medible psicológicamente. Desde entonces la relación con internet se ha estudiado en numerosos contextos. Una revisión sistemática de Anushree Tandon y colaboradores reunió 58 investigaciones empíricas sobre FOMO y redes sociales y mostró que el fenómeno aparece vinculado con distintas formas de participación intensiva en plataformas y con variables de bienestar. Sin embargo, los autores también advirtieron diferencias metodológicas y contextuales importantes entre los estudios.
Hay un componente adicional: las redes permiten una comparación prácticamente continua con otras personas. Un estudio de María Laura Lupano Perugini y Alejandro Castro Solano, realizado con 420 participantes y publicado en 2023, encontró que la comparación social fue el principal predictor de malestar psicológico entre las variables analizadas y medió la relación entre el uso pasivo de redes y ese malestar. Mirar publicaciones sin interactuar no produce necesariamente el mismo efecto en todo el mundo. Sin embargo, el problema se intensificaba entre quienes tendían a comparar su vida con lo que veían en pantalla.
El terreno del FOMO, entonces, no depende solamente de cuánto tiempo pasamos conectados. También importa qué vemos, con quién nos comparamos y cuánto sentimos que debemos seguir pendientes. El JOMO adquiere sentido dentro de ese contexto. Aceptar voluntariamente cierta ausencia puede reducir la obligación de supervisar de forma constante qué ocurre en otros lugares.
El papel de TikTok, Instagram y la economía de la atención
La hiperconectividad tiene una escala difícil de ignorar. Entre adolescentes estadounidenses de 13 a 17 años, Pew Research Center encontró en 2025 que 61% utilizaba TikTok diariamente y 55% hacía lo mismo con Instagram; 21% decía estar en TikTok casi constantemente y 12% en Instagram. En las cinco plataformas incluidas en esa medición, 36% utilizaba al menos una casi todo el tiempo. Las cifras describen hábitos de adolescentes de Estados Unidos, no de toda una generación ni de todos los países, pero muestran hasta qué punto revisar plataformas puede formar parte del flujo cotidiano.
La experiencia no depende únicamente de que exista mucho contenido. Servicios como TikTok e Instagram ordenan, recomiendan y renuevan publicaciones de manera constante. La personalización puede hacer que la siguiente pieza sea suficientemente cercana a los intereses del usuario como para justificar continuar unos segundos más. Una investigación publicada en 2025 por Dolores Guadalupe Sosa Zúñiga, de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, y Marta Carrión Sánchez, de la Universidad Rey Juan Carlos, aborda precisamente la economía de la atención y la forma en que la personalización algorítmica y la segmentación intervienen en los patrones de consumo de contenido digital entre universitarios. La atención tiene valor económico porque una parte central del negocio de las plataformas depende de mantener audiencias disponibles para publicidad, recomendaciones y nuevas interacciones.
A esa continuidad se suman las interrupciones. Cary Stothart, Ainsley Mitchum y Courtney Yehnert comprobaron experimentalmente que recibir una notificación de teléfono podía perjudicar el desempeño en una tarea de atención incluso cuando la persona no respondía al mensaje ni tocaba el dispositivo. El sonido o la vibración eran suficientes para provocar pensamientos ajenos a la actividad que se estaba realizando. La disputa por la atención, por tanto, ocurre también cuando aparentemente no estamos usando el teléfono.
La actualización constante, las recomendaciones y las notificaciones crean un entorno sin un momento evidente para decir “ya terminé”. Siempre puede aparecer otro video, otro mensaje o una publicación nueva. El JOMO introduce una decisión que ese flujo no ofrece por sí mismo: dejar de seguirlo aunque todavía haya algo por ver.
¿El JOMO es una moda o un cambio cultural?
El término puede circular como tendencia de bienestar, pero los fenómenos que lo rodean son más amplios. Uno de ellos es la fatiga de redes sociales, entendida como cansancio, agotamiento, frustración o pérdida de interés asociada al uso de estas plataformas. Un metaanálisis de 64 estudios con 28,357 participantes encontró que la sobrecarga de información, la sobrecarga social, la acumulación de funciones y la ansiedad relacionada con redes estaban entre los factores estrechamente asociados con esa fatiga; esta, a su vez, se relacionó con la intención o decisión de interrumpir su uso.
También ha crecido la investigación sobre digital detox, término utilizado para periodos voluntarios de reducción o abstinencia de dispositivos o plataformas. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 reunió 26 estudios, con 8,147 participantes, y encontró mejoras promedio pequeñas en indicadores de bienestar subjetivo y psicológico asociadas con intervenciones de desconexión digital. El resultado requiere prudencia: hubo diferencias considerables entre investigaciones y una revisión publicada ese mismo año en Pediatrics concluyó que los efectos disponibles no son uniformes. Reducir redes puede beneficiar a ciertas personas bajo determinadas condiciones; no existe una duración o fórmula que produzca el mismo resultado para todos.
La búsqueda de límites también llegó al trabajo. En México, la discusión dejó de ser exclusivamente cultural cuando la regulación del teletrabajo reconoció una frontera entre jornada y disponibilidad. La Ley Federal del Trabajo establece en su artículo 330-E que los patrones deben respetar el derecho a la desconexión de quienes trabajan bajo la modalidad de teletrabajo al terminar la jornada laboral. La reforma fue incorporada en 2021 y la NOM-037-STPS-2023 añadió obligaciones de seguridad y salud específicas para el teletrabajo. Que una legislación laboral tenga que nombrar expresamente el derecho a dejar de estar conectado muestra hasta qué punto correo, mensajería y plataformas laborales pueden extender el trabajo más allá del horario formal.
Nada de esto demuestra la existencia de un movimiento uniforme de abandono de internet. Las plataformas conservan una presencia masiva y la conexión frecuente sigue siendo la norma entre buena parte de la población. El cambio cultural que puede asociarse con el JOMO está en otro lugar: la disponibilidad permanente dejó de asumirse únicamente como comodidad y empezó a discutirse también como una condición que necesita límites.

¿Por qué el JOMO conecta con una nueva generación?
Las generaciones jóvenes ocupan una posición particular porque han pasado una proporción mayor de su vida dentro de un entorno conectado. Los datos de Pew en 24 países muestran que los adultos jóvenes son más propensos que los mayores a afirmar que están en internet casi constantemente. En países como Argentina, Francia, Indonesia, Israel, Japón, Corea del Sur, España y Estados Unidos, la mayoría de las personas menores de 35 años se ubicó en esa categoría.
Eso no permite concluir que Gen Z o millennials prefieran el JOMO. De hecho, la evidencia disponible muestra una relación ambivalente con las plataformas. En España, un amplio estudio de UNICEF con más de 50 mil estudiantes de secundaria encontró que más de 90% se conectaba a internet todos o casi todos los días y alrededor de uno de cada tres presentaba indicadores de uso problemático de internet o redes sociales. Los mismos adolescentes también asociaban internet con experiencias positivas como diversión, relajación y contacto social. Conexión y cansancio pueden convivir; reducir la experiencia digital a una relación perjudicial dejaría fuera una parte importante de lo que los jóvenes encuentran en ella.
La presión por administrar el tiempo aparece igualmente fuera de las redes. La encuesta global de Deloitte de 2025, realizada con 23,482 integrantes de Gen Z y millennials de 44 países, encontró que estas generaciones articulaban sus decisiones laborales alrededor de dinero, sentido personal y bienestar. Solo 6% señaló alcanzar una posición de liderazgo como su principal objetivo profesional, mientras el equilibrio entre trabajo y vida personal ocupó un lugar central en sus expectativas sobre la carrera y sobre sus responsables de equipo. Los resultados hablan de trabajo, no de JOMO, pero aportan contexto para entender por qué controlar la disponibilidad y reservar tiempo fuera de las obligaciones puede tener un atractivo particular entre personas acostumbradas a vivir conectadas.
Por eso la relación entre generaciones jóvenes y JOMO debe plantearse como una interpretación cultural y no como una preferencia científica ya demostrada. Existe evidencia de alta conectividad, uso problemático en algunos grupos, preocupación por el bienestar y demanda de fronteras más claras entre trabajo y vida personal. El JOMO ofrece un vocabulario capaz de reunir parte de esas experiencias, aunque las motivaciones para desconectarse sean distintas de una persona a otra.

JOMO: cuando perderse algo deja de ser un problema
El paso del FOMO al JOMO no describe una sustitución completa. El FOMO continúa presente y la conexión constante sigue formando parte de la vida cotidiana de millones de personas. Incluso el JOMO puede coexistir con ansiedad social, aislamiento o un uso intenso de plataformas, como muestran las primeras investigaciones dedicadas específicamente al concepto.
Lo que sí ha cambiado es el contexto en el que decidimos prestar atención. Después de años de contenidos que se renuevan sin descanso, notificaciones que interrumpen otras actividades, comparación social y herramientas laborales capaces de alcanzarnos fuera de la oficina, la desconexión puede adquirir un significado diferente. Hay personas que reducen su tiempo en redes, silencian notificaciones, hacen pausas temporales o establecen horarios sin pantalla. Además, la investigación sobre fatiga digital y detox digital muestra que esas prácticas existen, aunque sus efectos y motivaciones no sean iguales para todos.
El FOMO nace de la inquietud ante aquello que podría estar ocurriendo sin nosotros. El JOMO nombra la posibilidad de aceptar que no podemos verlo, responderlo ni vivirlo todo. En una cultura donde siempre queda algo pendiente en la pantalla, perderse algunas cosas puede ser simplemente una forma de decidir a cuáles sí queremos dedicarles nuestro tiempo.
Redacción
Juan Carlos Peña
Juan Carlos Peña es periodista y estratega de contenidos con más de una década de experiencia. Trabajó durante ocho años en El Universal y fue editor en UnoCero. Se especializa en tecnología, videojuegos, cultura pop y entretenimiento, con un enfoque en explicar de forma clara cómo la innovación transforma la vida cotidiana.
LinkedIn:Juan Carlos Peña










