Detrás de la densa neblina y el lodo de Valle de Bravo en 1971, se gestó uno de los episodios más oscuros de nuestra historia cultural. Hablar del Festival Avándaro y la censura que le siguió no es solo recordar un concierto multitudinario; es analizar el primer gran ejercicio de «posverdad» y manipulación mediática orquestado por el Estado mexicano para silenciar a una generación.
LA MARIHUANA EN LA NARRATIVA MEXICANA DEL SIGLO XX

El «Avandarazo»: La construcción de un enemigo moral
Lo que originalmente fue planeado como un evento de «Rock y Ruedas«, se transformó en un hito de contracultura que el sistema no pudo prever. Ante la reunión pacífica de más de 300,000 jóvenes, el gobierno de Luis Echeverría activó un mecanismo de defensa que hoy conocemos como pánico moral. El Festival Avándaro y la censura posterior fueron herramientas diseñadas para desviar la atención de la violencia política, apenas meses después de la matanza del Jueves de Corpus.
La estrategia fue quirúrgica: utilizar a la prensa oficialista para transformar un encuentro de paz en una bacanal de depravación. Titulares amarillistas fabricaron historias de orgías y consumo desmedido de drogas, logrando que la opinión pública viera a la juventud como una amenaza nacional. Esta narrativa fue el pretexto ideal para prohibir el rock y enviar a toda una corriente artística a la clandestinidad de los «hoyos funkis».
La prensa como arma de estigmatización
La relación entre el Festival Avándaro y la censura mediática se evidencia en el contraste de los hechos. Mientras los asistentes compartían comida y auxilio bajo la lluvia, diarios como El Heraldo de México sentenciaban: «El infierno de Avándaro«. El objetivo era claro: atacar a las minorías y a los movimientos emergentes para evitar que la sociedad cuestionara las crisis estructurales del poder.
Este fenómeno no fue un hecho aislado; fue un experimento social donde se demostró que el estigma es más efectivo que la fuerza bruta. Al satanizar el festival, el Estado logró fracturar el tejido social de la juventud, desarticulando cualquier intento de organización colectiva fuera de las instituciones oficiales.
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El eco de Avándaro en la actualidad
Hoy, el Festival Avándaro y la censura resuena con una vigencia inquietante. En un contexto sociopolítico donde el poder sigue señalando a grupos vulnerables o minoritarios para quitar el foco de temas verdaderamente importantes, el manual de 1971 parece estar siendo reescrito.
Cuando la agenda política se vuelve insostenible, el poder —apoyado por los nuevos altavoces digitales— dirige el ataque hacia la otredad. Se fabrican debates sobre las disidencias, se criminaliza la protesta o se estigmatizan los modos de vida de los sectores más vulnerables. El objetivo es que la mayoría social centre su juicio en la conducta del «otro» y no en la ineficacia del «nosotros» gubernamental.
Esta ingeniería del pánico moral que nació en 1971 ha mutado, pero su esencia es la misma: atomizar a la sociedad a través del estigma. Mientras el país discute la «moralidad» de una minoría o la «decencia» de una manifestación, el foco se aparta de los temas verdaderamente importantes: la justicia social, la transparencia y la rendición de cuentas. Avándaro fue el prototipo; el presente es la producción en serie de esa misma censura disfrazada de opinión pública.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





