El movimiento en el cuerpo de Lyn May no es una reliquia del pasado; es la forma en la que la vedette ha representado los fragmentos de una historia nacional que, para ella, es resistencia pura.
Mientras que en la cinematografía de los años setenta se le intentó reducir a un objeto de consumo, Liliana Mendiola Mayanes construyó una Lyn May que utiliza el rito del baile y la elasticidad como herramientas técnicas para reclamar una soberanía que la sociedad conservadora mexicana no pudo ni ha podido domesticar.
Lyn May no solo habita la nostalgia; habita el presente con una disciplina física que la ha transformado en un icono de la cultura popular contemporánea.
Liliana Mendiola Mayanes, mejor conocida como Lyn May, nació en Acapulco, Guerrero, en una familia de ascendencia china donde la precariedad y la violencia se encontraron desde temprano.
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Las sombras de la infancia y la huida hacia la libertad
La biografía de Lyn May está marcada por pasajes de una violencia sistémica que forjaron su resiliencia y poder. Desde una edad temprana en su natal Acapulco, Liliana enfrentó abusos que vulneraron su entorno más íntimo, un silencio impuesto por amenazas que la acompañó durante años.
A los 13 años, mientras trabajaba en un restaurante, la ingenuidad de la adolescencia fue utilizada por un hombre de 40 años quien, bajo la promesa de mostrarle un México deslumbrante, la trasladó a la capital solo para violentarla.
Este episodio resultó en un embarazo temprano y un matrimonio forzado impuesto por la estructura familiar de la época. Sometida a una relación marcada por los golpes y la opresión, Lyn May tomó la decisión radical que cambiaría su destino: tras el nacimiento de su segunda hija, abandonó el cautiverio doméstico.
Este acto de fuga hacia la Ciudad de México no fue solo una huida, sino el inicio de la construcción de su identidad y su sensual disidencia; un momento en el que decidió que su cuerpo sería, a partir de entonces, su propia y única propiedad.
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Del puerto a la urbe de hierro: La invención de Liliana
Al llegar a la capital, la joven Lyn May encontró en el espectáculo nocturno el escenario perfecto para forjar su propio estilo: un formato de performance que priorizaba el control muscular, la elegancia del vestuario extravagante y una iluminación que ensalzaba su figura. Para ella, la danza no era un estilo de vida, sino una manera de pensar el cuerpo como una propiedad privada e inalienable.
Su ascenso comenzó en el legendario Teatro Blanquita y el Capri, el famoso Bar Capri del Hotel Regis en la Ciudad de México donde su técnica la caracterizó: una mezcla de danza polinesia y acrobacia que la diferenciaba de sus contemporáneas.
Este baile, aunque se distanciaba de las «buenas costumbres» de la época, le permitió relacionarse con empresarios y artistas jóvenes, ganándose el apodo de «La Diosa del Amor«, debido a su belleza, sensualidad y magnetismo. A diferencia de otras artistas, Lyn no buscaba el recato; buscaba la potencia de una pose que rompía con la idea de la sobriedad exigida a las mujeres de la época.
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El cine de ficheras: La máscara y el escenario
Catalogada como una mujer sumamente talentosa, Lyn May permitió una nueva forma de mirar a las mujeres en la pantalla grande. Su incursión en el cine de ficheras —género a menudo denostado pero fundamental para entender la sociología urbana de México— la convirtió en un icono de la cultura popular.
En cintas como Tívoli (1975) o Las ficheras (1977), Lyn utilizó su presencia para habitar la arquitectura derruida de los cabarets, convirtiéndolos en templos de una sensualidad que hablaba mucho de cómo concebía su existencia: libre, provocadora y profundamente profesional.
Sin embargo, ser una mujer con capacidad amplia de expresión artística no la eximió de enfrentar un mundo que no comprendía del todo su autonomía. Lyn vivió periodos donde la crítica intentó minimizar su trabajo, pero su respuesta siempre fue la misma: perfeccionar su técnica.
La melancolía del México nocturno que desaparecía con la demolición de los grandes teatros compaginó con su deseo de representar la intensidad de sus emociones. Lyn May dedicó su existencia a demostrar que la belleza es tangible, pero el poder es invisible y reside en la voluntad de seguir bailando.
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Lejos de ocultar estas cicatrices, Lyn las ha integrado a su narrativa, demostrando que la tristeza y el dolor han sido catalizadores para generar su obra. Su capacidad para saltar sobre el abismo y seguir bailando la sitúa no solo como una vedette, sino como un símbolo de supervivencia en una urbe que a menudo devora a sus iconos.»
Un icono en activo: La permanencia como arte
No es un secreto que la provocación y el exceso han sido catalizadores en la vida de muchos artistas, y Lyn May es una de ellas. Su capacidad para mantenerse vigente en 2026 no es un accidente, sino el resultado de haberse consolidado como una marca de autoría propia.
Al colaborar con nuevas generaciones de músicos y participar activamente en la cultura visual digital, Lyn demuestra que el arte absorbió su vida a través de la performance constante. Basta recordar el icónico video de Plastilina Mosh «Mr. P Mosh» donde la bailarina parece acompañando a los regiomontanos a borde de un auto clásico.
Hoy, Lyn May es reconocida como el icono de la cultura popular definitivo de México y su fama y talento, han trascendido fronteras. Su historia es la de una mujer que transformó su realidad a través de la disciplina física y que, tras décadas en activo, sigue siendo una referencia fundamental para la disidencia y la cultura alternativa.
Su vida artística se agrega a una lista de trabajo que inició con el baile y que hoy se consagra como una lección de soberanía estética en una urbe que, aunque cambia de rostro, siempre regresa a buscar la mirada de La Diosa.
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Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





