¿Por qué los gatos se convirtieron en símbolos de brujería, sensualidad y rebeldía?

Pocos animales han cambiado tanto de significado como el gato. La relación entre gatos y brujas es una de las asociaciones más conocidas en la historia popular. A lo largo de la historia ha sido visto como protector, símbolo de buena suerte y hasta una figura sagrada. Pero también se le ha percibido como representación de la brujería, la sensualidad, el misterio y la independencia. Estos cambios hablan menos del animal que de las ideas de cada sociedad.
La convivencia entre gatos y humanos es muy antigua. Uno de los hallazgos arqueológicos más conocidos es el entierro de un felino junto a una persona en Chipre hace unos 9,500 años. Este hallazgo es una evidencia temprana de la cercanía entre ambos mucho antes de la domesticación plenamente establecida. Siglos después, distintas culturas incorporaron al gato a sus casas, imágenes religiosas, relatos y supersticiones. Además, le atribuyeron significados que podían cambiar de manera radical según el lugar y la época.
En México también adquirió sentidos propios. Durante el siglo XIX, el “gato maromero” apareció en la sátira política para hablar de oportunismo y capacidad de acomodarse a las circunstancias. En Sainete político (1845), Antonio López de Santa Anna fue representado directamente como un gato en una crítica a su conducta pública y personal.
Antes de las brujas: cuando los gatos representaban protección y poder
Para entender el simbolismo de los gatos y su posterior relación con la brujería, conviene mirar primero hacia el Antiguo Egipto. La presencia felina adquirió ahí una dimensión religiosa especialmente visible durante periodos tardíos. Los gatos y figuras gatunas fueron utilizados como ofrendas y estuvieron vinculados con Bastet, una divinidad protectora cuya imagen terminó adquiriendo rasgos domésticos y felinos. Bastet podía representarse como una mujer con cabeza de gata o directamente como una gata y estaba asociada con el hogar, la maternidad y la fecundidad.
Decir simplemente que “los egipcios adoraban a los gatos” borra parte de esta complejidad. Los animales podían considerarse sagrados por su vínculo con determinadas divinidades, y las cualidades atribuidas al felino formaron parte de la manera en que Bastet era representada. De hecho, las numerosas estatuillas y ofrendas de gatos conservadas de la Baja Época y del periodo ptolemaico muestran hasta qué punto esa asociación religiosa llegó a formar parte de la cultura material egipcia.

¿Por qué relacionamos a los gatos con las brujas y la mala suerte?
La imagen cambió en determinados contextos de la Europa cristiana medieval. Los gatos siguieron formando parte de la vida cotidiana y tuvieron significados diversos. Sin embargo, desde la plena Edad Media también aparecen asociaciones negativas que, hacia finales del periodo medieval, podían relacionarlos con el satanismo y la brujería. La Base de Datos Digital de Iconografía Medieval de la Universidad Complutense de Madrid documenta precisamente esa diversidad y la progresiva presencia de imágenes negativas, especialmente alrededor del gato negro.
Las grandes persecuciones por brujería pertenecen sobre todo a la temprana modernidad. Es en algunos de esos procesos donde aparecen con mayor claridad los llamados animales familiares. En ciertas creencias, confesiones y testimonios judiciales, estos familiares eran espíritus o entidades sobrenaturales que se presentaban bajo forma animal. Supuestamente asistían a una persona acusada de brujería. Podían ser gatos, perros, sapos, ratones y otros animales; no fueron una característica universal de todas las tradiciones sobre brujas. Un estudio sobre los procesos ingleses muestra que la relación entre las acusadas y sus familiares animales tuvo un papel particular dentro de la demonología y los juicios por brujería de la Inglaterra moderna.
En la Nueva España también circularon asociaciones entre gatos, magia y hechicería. La investigación de Helia Ema Bonilla Reyna recupera denuncias inquisitoriales y textos posteriores que permiten seguir algunas de estas ideas en el imaginario novohispano y mexicano. Las fuentes que analiza muestran al gato relacionado con prácticas mágicas y, durante el siglo XIX, con significados como astucia, nocturnidad, engaño o lascivia.
“Animales familiares” y la figura del gato negro
Con esas asociaciones, el gato negro terminó siendo una de las imágenes más reconocibles de la bruja en la cultura popular. Su presencia junto a hechiceras, demonios o escenas nocturnas fue acumulando significados a través del folclor, la iconografía y posteriormente la literatura y el cine. Además, la idea de que el color negro traía mala suerte pertenece a ese conjunto de supersticiones. No hace falta buscar su origen en una única civilización o episodio histórico para entender cómo terminó consolidándose.
Lo que dice la ciencia: genética y visión nocturna
La ciencia ofrece una explicación bastante menos misteriosa. En los gatos negros, la coloración del pelaje depende de factores genéticos y de una elevada presencia de melanina, pigmento que también puede ofrecer protección frente a la radiación ultravioleta. El brillo característico de sus ojos en condiciones de poca luz se relaciona con el tapetum lucidum, una estructura ocular que refleja la luz y favorece la visión nocturna. Por otro lado, el color del pelo tampoco determina que un gato sea agresivo, cariñoso o arisco: la socialización y su historia individual tienen mucho más peso en el comportamiento.
La ruta mexicana: de la Nueva España al siglo XIX
El caso de Santa Anna muestra cómo el simbolismo del gato podía adaptarse a la política mexicana. En Sainete político (1845), el general aparece convertido en felino mientras otros gatos y maromeros representan la capacidad de acomodarse a circunstancias cambiantes. Helia Ema Bonilla explica que el gato y el equilibrista funcionaban ahí como imágenes del oportunismo político: personajes capaces de hacer maromas y “caer parados”.
La misma investigación estudia la campaña satírica que buscaba presentar a Santa Anna como un personaje de conducta política y personal inmoral. En el caso concreto del gato de Sainete político, Bonilla considera posible una connotación sexual. Sin embargo, reconoce que este significado no puede darse por demostrado de manera definitiva. Esa cautela importa: la imagen funcionaba claramente como sátira del oportunismo y podía activar, al mismo tiempo, otros sentidos que el felino había acumulado dentro de la cultura visual.

Del misterio a la sensualidad: ¿por qué el gato se relacionó con lo femenino?
La relación entre el gato, la feminidad y el erotismo también es una construcción cultural. En distintos momentos de la cultura europea se utilizaron cualidades atribuidas al felino —nocturnidad, independencia, fertilidad, astucia— para hablar del deseo y de una sexualidad considerada fuera de las normas. Bonilla documenta cómo estas asociaciones circularon desde Europa y fueron reelaboradas también en México.
El gato en la cultura visual: Arrieta y Manet
En Cocina poblana (1865), de Agustín Arrieta, la escena doméstica contiene una carga sexual que va más allá de la presencia del animal: las mujeres, los alimentos, los gestos y la representación de la “china” forman parte de esa lectura. Angélica Velázquez Guadarrama analiza las connotaciones sexuales de la pintura y la construcción de la mujer representada como una figura libre rodeada de una reputación cargada de erotismo. Dentro de ese contexto, Bonilla propone que la presencia del gato probablemente refuerza un simbolismo erótico ya presente en la obra, una interpretación que conviene mantener en ese grado de posibilidad.
En Olympia (1863), Édouard Manet muestra objetivamente a una mujer desnuda sobre una cama, una sirvienta con un ramo y un gato negro a sus pies. Cuando se exhibió en el Salón de 1865, la obra causó escándalo por presentar a una mujer identificada como prostituta mediante un lenguaje que rompía con el desnudo idealizado de la tradición académica. El Musée d’Orsay documenta esa recepción y el carácter provocador de la mirada de Olympia.
El gato ha recibido diferentes interpretaciones dentro de la historiografía. Un estudio dedicado específicamente a su presencia en la pintura recuerda que ha sido leído tradicionalmente como un signo relacionado con la sexualidad de Olympia, aunque también propone que cumple una función más amplia dentro de la modernidad planteada por Manet. Por eso funciona mejor hablar de una lectura histórica del gato como elemento provocador que atribuirle un único significado definitivo.
El gato entre la literatura, el deseo y lo inquietante
La literatura mexicana también llevó estos significados hacia la intimidad, el erotismo y la brujería.
El gato como voyeur y la “mística al revés” en Juan García Ponce
En El gato, de Juan García Ponce, el felino observa a una joven pareja de amantes y ocupa el lugar de un tercero dentro de la escena íntima. La interpretación no es una extrapolación: un estudio de Alfredo Rosas Martínez señala directamente que la desnudez y el erotismo de los amantes se complementan con la figura del gato que observa y asume el papel de voyeur. La mirada silenciosa del animal permite que algo cotidiano adquiera una dimensión extraña y cargada de deseo.
Brujería y animales familiares en Aura de Carlos Fuentes
En Aura (1962), Carlos Fuentes recupera símbolos vinculados con la hechicería y la demonología. El ensayo de Mario Mendoza “Aura de Carlos Fuentes: un aquelarre en la calle Donceles 815” interpreta la coneja Saga como un familiar y relaciona posteriormente a los gatos encadenados que aparecen entre fuego y humo con esa misma tradición. Dentro de esa lectura académica, los animales contribuyen al ambiente de brujería y a la construcción ritual que atraviesa la novela.

Cuando el gato se convirtió en símbolo de independencia y rebeldía
Los significados negativos del gato no desaparecieron de forma lineal ni fueron sustituidos en una fecha concreta. En los siglos XIX y XX aparecen, sin embargo, casos donde su nocturnidad, independencia o carácter difícil de domesticar fueron reapropiados desde otros lugares. Por ejemplo, la bohemia artística y la militancia obrera ofrecen dos ejemplos especialmente claros.
De la sospecha a otros significados
A finales del siglo XIX, Le Chat Noir convirtió al gato negro en uno de los emblemas visuales de Montmartre. Fundado por Rodolphe Salis en 1881, el cabaret reunió artistas y escritores y terminó estrechamente ligado a la vida nocturna y bohemia del barrio. El Musée Carnavalet conserva incluso el letrero original. Además, describe Le Chat Noir como un bastión de artistas y un símbolo de la vida bohemia de Montmartre. El mismo animal que durante siglos había cargado con asociaciones de nocturnidad y sospecha podía aparecer ahora como imagen de una cultura artística. Esto mostraba que esta cultura estaba orgullosa de habitar la noche.
El cambio fue todavía más explícito en el movimiento obrero estadounidense. El Industrial Workers of the World (IWW) adoptó al gato negro de lomo arqueado, conocido como Sab Cat o Sabo-Tabby, dentro de su imaginario gráfico. El archivo histórico de la propia organización explica que el dibujo estuvo asociado originalmente con la acción directa en el lugar de trabajo. En particular, estuvo ligado también con la idea de sabotaje utilizada por algunos miembros del IWW. Además, Ralph Chaplin, a quien se atribuye probablemente la imagen, explicó que su gato representaba la ralentización del trabajo como una forma de acción laboral.
En estos casos el gato ya no aparece únicamente como una criatura sospechosa. Su capacidad para moverse por la noche, escapar al control o mostrar las garras podía ser reutilizada para hablar de bohemia, acción colectiva y resistencia.
¿Por qué seguimos convirtiendo a los gatos en símbolos?
El Museo del Gato de la Ciudad de México ofrece un ejemplo contemporáneo de lo mucho que ha cambiado nuestra relación cultural con estos animales. Su recorrido aborda la historia del gato y el vínculo actual con los humanos. Mientras tanto, iniciativas como el Templo de los Deseos destinan las aportaciones del público a un proyecto de unidad móvil de esterilización en zonas marginadas de la Ciudad de México.
El contraste es suficiente: un animal que en algunos periodos y contextos fue utilizado para representar miedo, hechicería o amenaza aparece hoy también relacionado con compañía, empatía y bienestar animal. Aunque no desaparecieron los viejos símbolos —el gato negro todavía vive en disfraces, películas de terror y supersticiones—, conviven con formas muy distintas de entenderlo.

Los significados que permanecen y los que cambiaron
El gato todavía representa misterio, nocturnidad, sensualidad e independencia. Sin embargo, lo que cambia es el valor que cada época atribuye a esas características. En ciertos casos, la independencia puede verse como traición o como autonomía. Además, la nocturnidad puede interpretarse como amenaza o como atractivo. Por último, el gato negro puede ser presagio o emblema gráfico de militancia obrera.
Quizá por eso seguimos utilizando al gato para hablar de identidad, deseo, género, superstición e independencia. Su presencia en imágenes tan distintas como Bastet, Sainete político, Olympia, Aura, Le Chat Noir o el Sabo-Tabby muestra que no existe un único simbolismo de los gatos. Por lo tanto, cada caso responde a un contexto histórico y cultural distinto.
La historia del gato está llena de contradicciones. Fue un animal sagrado por su relación con Bastet en el Antiguo Egipto. En ciertos contextos medievales y, sobre todo, de la temprana modernidad se relacionó con la brujería y los animales familiares. Además, en el México del siglo XIX sirvió para representar el oportunismo político de Antonio López de Santa Anna.
Después, artistas, escritores y movimientos políticos volvieron a cargar al felino con otros significados. Esa capacidad para pasar de la protección a la sospecha, de la sensualidad a la sátira y de la noche bohemia a la acción obrera explica por qué el gato sigue siendo uno de nuestros símbolos culturales más contradictorios y fascinantes.
Redacción
Gaby Santillan Ruiz
Gaby Santillan Ruiz es comunicóloga organizacional y periodista especializada en cultura pop, cine y música. Ha colaborado en medios como Vanidades, Mujer de 10 y Dermond Magazine. Su trabajo explora los personajes, historias y fenómenos culturales de los años 2000, así como su vigencia en la actualidad.
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