Ximena Cuevas (Ciudad de México, 1963) es la videoartista más relevante de la ruptura contemporánea en México. Hija del emblemático pintor José Luis Cuevas, Ximena decidió no seguir la estela de la plástica para intervenir la imagen en movimiento. Se formó en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) y en talleres en Nueva York. Su práctica se alejó del cine industrial para fundar un lenguaje propio basado en el «montaje de choque».
La formación de Ximena Cuevas está marcada por un entorno de alta densidad cultural. Como hija de José Luis Cuevas, creció en el epicentro de la Generación de la Ruptura. Esto le otorgó una visión crítica sobre el arte institucional desde temprana edad. Sin embargo, su camino no fue la pintura, sino la edición. Estudió cine en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) en la Ciudad de México. Allí comenzó a entender que su interés no residía en la narrativa clásica del cine nacional. Más bien, le interesaban las infinitas posibilidades de la cinta de video y su capacidad de manipulación inmediata.
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El aprendizaje de Ximena Cuevas en Nueva York y el regreso a la edición
Antes de dedicarse de lleno al videoarte, la creadora trabajó en la industria profesional. Su labor como asistente de dirección y continuidad en producciones de Arturo Ripstein —como Mentiras Piadosas o La mujer del puerto— le otorgó un conocimiento profundo del drama y la puesta en escena. Además, esta cercanía con el «melodrama de autor» de Ripstein fue fundamental para que Ximena Cuevas desarrollara su propia crítica al género. Este dominio del lenguaje cinematográfico industrial es lo que le permite subvertirlo con tanta precisión. Solo quien conoce las reglas de la edición convencional puede romperlas con tal maestría.
A finales de los 80, decidió expandir sus herramientas técnicas y se trasladó a Nueva York para cursar talleres especializados en postproducción y efectos visuales. Esta experiencia fue el catalizador definitivo. En la Gran Manzana, Ximena Cuevas entró en contacto con la escena del videoarte internacional y comprendió que el televisor no era solo un electrodoméstico, sino un campo de batalla político. Al regresar, trajo consigo una visión técnica depurada que le permitió manipular la imagen con una sofisticación que pocos artistas en México poseían en ese momento. Se trata de una maestría que hoy reconoce el Museo Guggenheim..
A diferencia de sus contemporáneos, la creadora encontró su materia prima en la televisión comercial. Su técnica se basa en la apropiación de fragmentos de programas de Televisa, comerciales de los 80 y 90, y concursos de belleza. Para ella, estos materiales son el síntoma de una sociedad enferma de apariencias. En piezas fundamentales como Las 3 muertes de Lupe, utiliza la repetición y el glitch para evidenciar el vacío del melodrama mexicano. Esta labor de «reciclaje visual» ha sido reconocida internacionalmente. Por eso, su obra ha llegado a las salas del MoMA. Allí se valora su capacidad para convertir el residuo pop en una pieza de museo.
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El video-diario: La intimidad como política
Paralelamente a su crítica mediática, desarrolló una veta profundamente íntima. A través de formatos como el Hi8, Ximena Cuevas registró su cotidianidad, sus miedos y su compleja relación familiar. Sus «video-diarios» no son simples registros caseros. Más bien, son ejercicios de honestidad brutal donde la cámara se convierte en un espejo incómodo. En obras como Cama, la artista explora la soledad y el deseo desde una perspectiva feminista que rompe con la mirada masculina predominante en el cine de la época. Esta capacidad para saltar de lo macro (la televisión nacional) a lo micro (su propia alcoba) es lo que otorga a su obra una dimensión humana inigualable. Dicha dimensión ha sido documentada por el Video Data Bank.
Una constante en la trayectoria de la autora es el sentido del humor. A diferencia de la solemnidad que imperaba en el arte conceptual de los 90, ella optó por la ironía y el sarcasmo. Sus videos suelen ser breves, contundentes, casi como chistes visuales que terminan en tragedia. Se burla de las instituciones, de la idea del «artista genio» y de las aspiraciones de una clase media que se cree cosmopolita mientras consume basura televisiva. Para Ximena Cuevas, el humor es la única forma de sobrevivir al absurdo de vivir en un país que se narra a través de ficciones baratas.
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La vigencia de Ximena Cuevas en el siglo XXI y el legado en el MUAC
Hoy, la labor de la egresada del CCC es más relevante que nunca. En un mundo saturado de filtros de Instagram y edición digital automatizada, su defensa del error analógico y del grano del video cobra un valor ético. Ha sido curadora y defensora de la preservación del videoarte en México. Además, colabora estrechamente con el MUAC (Museo Universitario Arte Contemporáneo) para asegurar que la historia electrónica del país no se pierda. Su visión nos enseña que hackear no es solo un acto técnico. Es también una postura ante la vida: la negativa a aceptar la imagen que nos venden como la única verdad posible.
Al final de su vasta filmografía y videografía, queda una certeza: no hay imagen que no pueda ser intervenida. Ximena Cuevas sigue siendo la hacker que nos invita a desconfiar de la pantalla. Su archivo es un mapa de las grietas de México, un recordatorio de que, si editamos con suficiente furia, podemos cambiar el sentido de nuestra propia historia. En efecto, su obra no es solo arte; es un manual de resistencia visual en una era que intenta uniformar nuestras miradas.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





