Liga MX Femenil: Herederas del silenciado Mundial Femenil de 1971
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Liga MX Femenil: Herederas del silenciado Mundial Femenil de 1971

La narrativa oficial de la industria deportiva en México suele presentar la creación de la Liga MX Femenil a finales de 2016 como un gesto de vanguardia o una concesión necesaria a los tiempos modernos. La visibilización de jugadoras de fútbol mexicanas ha sido un trabajo arduo y propio.

Sin embargo, una mirada crítica a la arqueología del deporte en nuestro país revela una verdad mucho más incómoda: la liga no es un regalo de las instituciones, es la recuperación de una trinchera que fue arrebatada violentamente.

El paso de aquellas «pioneras silenciadas» a la profesionalización actual no es una evolución lineal, es el resultado de una resistencia sistémica contra una estructura que prefirió apagar la luz antes que compartir el poder.

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jugadoras de fútbol mexicanas

El «pecado» de 1971: El éxito que asustó al poder

Para entender el presente, debemos mirar hacia 1971. México fue sede del segundo Mundial Femenil (aunque no reconocido por la FIFA). El evento fue un fenómeno de masas sin precedentes: la final entre México y Dinamarca congregó a más de 110,000 personas en el Estadio Azteca.

Las jugadoras, encabezadas por figuras como Alicia «La Pelé» Vargas y María Eugenia «La Peque» Rubio, eran auténticas ídolas populares. ¿Cuál fue la respuesta de los directivos tras este éxito rotundo? El borrado absoluto.

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En lugar de cimentar una liga, la Federación y los dueños del balón condenaron al fútbol femenil a la clandestinidad de los llanos durante casi cinco décadas. Este «apagón» no fue una cuestión de mercado o de falta de interés público —las entradas agotadas en el Azteca demostraron lo contrario—, sino un castigo patriarcal.

Se castigó la osadía de las mujeres al demostrar que podían ocupar, con la misma o mayor convocatoria, el templo máximo de la masculinidad mexicana.

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La profesionalización: Entre el espejismo y la lucha salarial

La llegada de la Liga MX Femenil hace unos años fue una victoria arrancada por la presión de organismos internacionales y el cambio en el paradigma social. Pero el análisis no puede quedarse en la superficie de los uniformes brillantes y la publicidad en redes sociales.

Al día de hoy, las jugadoras se enfrentan a una brecha salarial que resulta insultante: mientras los sueldos en la rama varonil son estratosféricos, en la femenil muchas futbolistas aún perciben ingresos que apenas cubren sus gastos básicos, obligándolas a la doble jornada laboral.

A esto se suma la falta de protocolos robustos contra el acoso y la violencia digital, donde las jugadoras son blanco de ataques que la industria apenas comienza a tomar en serio.

La profesionalización, por tanto, sigue siendo un proceso «a medias» donde la atleta debe rendir como profesional pero a menudo es tratada como una invitada de segunda categoría en su propio club.

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El fútbol como soberanía y derecho al juego

El fútbol femenil es, en última instancia, un acto de soberanía sobre el cuerpo y el espacio público. Cada vez que una jugadora pisa el césped, está reclamando el tiempo que les fue robado a sus antecesoras. El juego se convierte en una herramienta política que desafía los roles de género impuestos y nos obliga a cuestionar: ¿por qué nos incomoda tanto que las mujeres dominen el espacio de la fuerza, la estrategia y el éxito colectivo?

La interacción que se busca no es la simple «porra» condescendiente. Es el pensamiento crítico que exige que el fútbol femenil deje de ser visto como un «gasto» para ser entendido como un derecho humano. La cancha es hoy el escenario donde se libra la batalla por la equidad real, y cada gol anotado es una grieta en ese muro de silencio que intentaron construir en 1971.

Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola