La década del setenta en el DF¹: movimientos y (contra)cultura² submetropolitana³

Pablo Gaytán Santiago⁴
En la Ciudad de México —entonces Distrito Federal—, el tránsito de los años sesenta a los setenta enlazó el movimiento estudiantil de 1968 con nuevas formas de organización barrial, el Movimiento Urbano Popular, el rock urbano y el Canto Nuevo. Esta crónica recorre esa trama de contracultura y (contra)cultura submetropolitana desde las escuelas y barrios del DF hasta Avándaro, los hoyos funky y el umbral de la “década podrida”.
Los orígenes: el 68 rebeco⁵
A vuelo de pájaro, focalizo el Centro Histórico para aterrizar sobre San Juan de Letrán, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas. La luz del atardecer ilumina el tránsito de los consumidores y a lo lejos se deja ver un grupo de estudiantes con sus inconfundibles libros y su aspecto rebeco saliendo del cine Teresa, mientras otros ingresan al Cine Savoy, y unos más salen con un libro adquirido de manera clandestina en la librería Pérgola, ubicada en la Alameda Central.
En la calle Donceles, entre zapes, albures y calambures, una palomilla⁶ ingresa por la puerta mariana a la Preparatoria No. 1. Su algarabía resuena hasta que llegan a los últimos resabios de lo que fue la antigua Ciudad Universitaria. Con el despliegue de su mapa mental siguen el camino hacia la escuela de medicina en la plaza Santo Domingo y más hacia el norte posiblemente lleguen hasta la vocacional número 7, allá por el conjunto habitacional Tlatelolco. Entre estas escuelas de educación media superior, librerías y cines de la zona céntrica de la ciudad, se configura una urdimbre tejida con los barrios de la Morelos, la Guerrero, Santa María La Ribera, La Candelaria de los Patos, La Merced y prosigue hacia el poniente hasta el Casco de Santo Tomás, ahí donde se encuentran las vocacionales del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Al norte está la zona obrera de Azcapotzalco. Y sobre esta conexión interbarrial se puede observar hacia el sur la Plaza de la Ciudadela, las vocacionales 2 y 5 del IPN y las instalaciones de Televicentro (hoy Televisa).

En ese territorio ancestral y netamente juvenil es donde se reunían los estudiantes-rebecos cuyas edades oscilaban entre los 12-17 años. Ellas y ellos liberaban sus cuerpos internándose en las cervecerías y en los salones de baile con ritmos danzonero, huarachero o afroantillero. De súbito, estos rebecos fueron convocados por la radio y la televisión a asaltar las pistas para bailar rocanrol y aunque muy pocos podían acceder a los últimos discos de Las Piedras Rodantes, de Jimi Hendrix o Janis Joplin, por alguna circunstancia siempre se tiene algún contacto con grupos sociales con poder adquisitivo y así tener el privilegio de escuchar y tocar la portada del último disco roquero adquirido en Inglaterra o Estados Unidos de aquellos años. Con el caliche como escudo y puñal, los rebecos también descubrirían la literatura universal y urbana en cafés y librerías de viejo atravesando la ciudad.
Los años sesenta cargaban con los nuevos vientos ideológicos y revolucionarios mientras la olla represiva del Estado estaba a punto de estallar. Y fue, en la ruta de la onda barrial, cuando el estudiante rebeco contagiado por los aires libertarios protestó contra la autoridad del padre obrero o cualquiera que fuera su oficio: chofer de autobús, comerciante, vendedor ambulante, trabajador de la construcción u otro. Contra ese padre omnipotente representado en la figura del presidente o en los caciques sindicales o el abuso coercitivo del orden policial. Con esta convicción, estos rebecos iniciaron la indisciplina de confrontar la autoridad filial. Esos mismos rebecos fueron los que lograron acceder a una matrícula de educación media y superior o a nivel universitario. Fueron estos rebecos quienes supieron emanciparse económicamente —trabajando unas horas al día— para ejercer paulatinamente su autonomía.

En la calle, obviamente, los ojos vigilantes con garrote en mano perseguían a los jóvenes rebecos sin mediar palabra. Tan solo por “portar cara”, eran detenidos para la extorsión individual. Por otro lado, en los barrios, la palomilla era levantada por la razia (redadas policiacas), tan solo por agruparse en las esquinas. De esta manera, el rebeco tuvo que vivir un sistema social, policial y cultural excluyente y represivo al carecer de la mediación partidista, de las ideologías socialistas, de la militancia, la pertenencia a una célula comunista y mucho menos, por no estar ligado a las redes del poder intelectual de la ciudad.
Harta del autoritarismo, la palomilla soltó sus deseos haciendo una red colectiva que lo hizo ser dueño del territorio urbano de donde pertenecía. La ausencia de respeto por la autoridad y el autoritarismo exacerbado del gobierno provocó un acontecimiento inesperado aquel 22 de julio de 1968. Fue un momento de quiebre donde la condensación de energías que venían chocando de tiempo atrás se desató. El dique se rompió brutalmente sin dar aviso a las vanguardias políticas y de coerción. Esa movilización de pandillas rebecas no fue una “provocación organizada por el gobierno”, sino la respuesta a la ráfaga de hechos represores por parte de la autoridad. Los jóvenes no aguantaron más otra golpiza del ogro filántropo. Golpeada y herida, esta generación rebeca volvería en pocos días a tomar la calle a ritmo estoneano del “Peleador Callejero”.

Del 26 al 30 de julio del 68, la insubordinación de la base estudiantil rebeca
El atardecer del 26 de julio coincidió con el aniversario de la revolución cubana. Ese día, las jóvenes vanguardias revolucionarias protestaban de manera ordenada en aras de una meta teleológica, pero también salieron a las calles avivados por el hito cubano. Fue entonces que los rebecos menores de edad de la periferia fueron provocados intencionalmente por el poder. Ellos respondieron arrancando gajos de asfalto para apedrear al cuerpo de granaderos. Con autobuses y mobiliario urbano armaron barricadas contra los representantes de la ley. Prendieron fuego en una acción directa sin programa y, armados solo con el odio contenido contra la autoridad del gobierno, la misma que se replicaba en casa, en el trabajo o en la calle. Se trataba de un grupo de preparatorianos naturalmente urbanos con esa necedad de manifestarse sin organización ni programa. ¿Por qué los líderes de opinión, al narrar los hechos, se empeñan en decir que en esos grupos insubordinados no había racionalidad partidista?
Más allá de las explicaciones, lo cierto es que estos rebecos llamados “rebeldes sin causa” por los juvenólogos encendieron la mecha del movimiento. Paradójicamente, estos rebecos libertarios dieron las evidencias convocantes para que las vanguardias políticas estructuraran el pliego petitorio del Consejo Nacional de Huelga (CNH). Esa fue su tarea. No tenían otras pretensiones más que hacer estallar esa energía emocionalmente contenida. Ese odio y liberación de sus deseos se tradujeron en prácticas de comunicación y protesta; barricadas callejeras, escuelas tomadas, secuestro de autobuses, bombas molotov, mítines relámpago, asambleas en plazas y mercados que proliferaron en el centro capitalino y al norte de la ciudad. No podía ser de otra manera, como se demostró aquel fin de semana del 27 y 28 de julio cuando la batalla callejera se extendió hacia 16 manzanas en el corazón de la ciudad. Se mantuvieron “bloqueadas en las bocacalles con camiones incendiados y fue, según los gobernantes, la situación que provocó que el ejército entrara a la preparatoria No.1 el lunes del 29 de julio por la noche mediante un bazukazo que derribó la puerta con bayoneta en ristre”⁷. Una resistencia rebeca que prosiguió entre el 23 y 30 de septiembre en la Ciudadela, Tlatelolco y Casco de Santo Tomás, de frente a las agresiones armadas del ejército en vocacionales y escuelas superiores del IPN (del 28 de agosto al 18 de septiembre). La contra violencia plebeya actuó y sobrevivientes cuentan que resistieron con bombas incendiarias de fabricación casera y algunas armas cortas sacadas de los baúles paternos y del mercado subterráneo.

La resistencia frente a la ocupación de los cuerpos represivos del Estado produjo efectos no deseados para la corriente demócrata-reformista —Partido Comunista Mexicano, espartaquistas, Movimiento de Liberación Nacional—, o infiltrados del gobierno, lo cual produjo la emergencia de las tendencias revolucionarias guerrilleras —Movimiento de Acción Revolucionaria, Liga 23 de septiembre, Guajiros, entre otros—, así como activistas en los nuevos barrios de la submetrópoli, así como la emergencia de un ambiente propicio para el resurgimiento del movimiento anarquista, que, de manera silenciosa, pervivía cultivándose soterradamente.
En términos organizativos podríamos decir que la primigenia corriente libertaria y autogestiva integrada por filo-anarquistas, artistas situacionistas, magonistas irredentos y anarquistas silvestres, se focalizó en la activación de las brigadas en barrios y mercados. Incluso se estructuró una coordinadora de brigadistas que fungió como enlace de todos los activistas que participaron más allá de asistir a las asambleas y votar acuerdos.
La efervescencia política del momento derivó en una huelga masiva en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), y en sus correspondientes escuelas de educación media superior de ambas instituciones. El Consejo Nacional de Huelga (CNH) tomó la dirección con los alumnos con un alto grado de consciencia política quienes se enfrascaban en discusiones interminables entre las diferentes corrientes mientras la base estudiantil con todo y porra conseguía víveres para pernoctar cuidando puertas de preparatorias y vocacionales.

Mientras el CNH sostenía la “grilla”, la base estudiantil se divertía buscando provisiones: “En la prepa 6 preguntaban quién iba al CNH, y nadie quería ir, se radicalizaron. A las prepas llevaron a Carlos Lira y Javier Bátiz, dos músicos que levantaron el ánimo de los preparatorianos para armar el desmadre festivo”⁸. Luego vino la masacre del 2 de octubre, la fuerte represión, la persecución tenaz y el encarcelamiento de cientos de estudiantes universitarios.
Podemos decir que en ese espíritu rebelde en las barricadas y la resistencia frente a la ocupación de las escuelas politécnicas y preparatorianas germinó un anarquismo espontáneo y silvestre como diría el músico rupestre Roberto González. Éste se encauzó en los centros de estudio y en los territorios barriales en el momento mismo del movimiento. Lo anterior tuvo efectos invisibles en cadena. En dos, tres años subsecuentes (68-71), las vanguardias se fueron a la clandestinidad y los líderes mediáticos se enfilaron hacia los cauces de la Apertura Democrática del gobierno de Luis Echeverría, el exsecretario de gobernación con Díaz Ordaz que tomó el poder en 1970. El mismo que encauzó la masacre contra la manifestación estudiantil por la autonomía universitaria, un Jueves de Corpus de 1971. Después de este hecho, muchos estudiantes se bifurcaron viralmente en los territorios suburbanos poblados por migrantes indígenas y campesinos de la naciente metrópoli defeña.

El origen del MUP⁹, el Rock Urbano Popular y el Canto Nuevo¹⁰
Avándaro, rock urbano y hoyos funky
En el barriopolitano, las pandillas suburbanas que gustaban del rock creaban su vestimenta xipiteca con lo que tenían al alcance. Jubilosos por la estridencia post-68, se tomaron en serio la convocatoria para asistir al festival de “Rock y Ruedas” en Avándaro, Estado de México. A golpe de huarache urbano, tenis y botines, las pandillas tomaron masivamente el festival. Su presencia de bronce, el caló en su hablar y la estridencia de sus ropajes superaron por mucho las expectativas de las elites culturales y políticas. Las masas juveniles submetropolitanas cobraron visibilidad con las interpretaciones hechas por los medios de comunicación a partir de la construcción de una peligrosidad que produjo estigma territorial en torno de colonias proletarias y barriales —Ciudad Neza, Iztapalapa, Pedregales de Santo Domingo, Santa Fe—. La respuesta juvenil fue crear espacios de socialización y bandas de rock en diversas tendencias en sus barrios y con ello protagonizar el nacimiento del Rock Urbano Popular (RUP), en hoyos funky, tianguis de trueque y en todo aquel espacio público que podía ser ocupado.
Movimiento Urbano Popular
Paralelamente, los jóvenes de barrios y colonias populares empezaron a ingresar a las escuelas de educación media y superior descentralizadas construidas en la periferia de la ciudad, particularmente con el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) y las Escuelas Nacionales de Estudios Profesionales (ENEP). La masificación de la matrícula en las escuelas preparatorias permitió que miles de jóvenes provenientes de estos espacios territoriales en construcción tuvieran acceso a la educación tras el movimiento estudiantil del 68, cuyo pliego petitorio no incluía el acceso a la educación a este sector de la sociedad. Así, mediante la “revolución educativa” y la “democratización política”, el gobierno de Luis Echeverría Álvarez incluyó la movilidad social de las juventudes marginadas y populares.
La descentralización territorial de la universidad y el acceso a la educación media y superior permitió paradójicamente crear puentes y vínculos interclasistas entre jóvenes profesores que habían participado en el movimiento del 68. Cientos de estos nuevos profesores fueron brigadistas en el movimiento estudiantil, lo cual les permitió tener un inmediato diálogo con los estudiantes provenientes de la submetrópoli. En aquellos espacios fronterizos se inició una síntesis ideológica y reencuentro de activistas de distintos colores, lo que dio lugar a innovadoras formas de reorganización, lucha y procesos culturales en las colonias populares.

Sobre esos territorios, emergieron organizaciones en pro de demandas de legalización de la tierra urbana, la introducción de servicios públicos —agua, electricidad, drenaje, escuelas—, proyectos de abasto y casas de cultura, que fueron proliferando por los distintos puntos cardinales. A la vez también se expandió el movimiento urbano-popular con: la Asociación de Residentes de San Bernabé, la Asociación de Residentes Barrio Norte, el Comité de Lucha de Santo Domingo, el Comité de Manzana Barrio Norte, la Coordinadora Regional del Valle de México, la Coordinadora de Colonias de Álvaro Obregón, la Coordinadora Regional del Sur del Valle de México, el Movimiento Popular de Pueblos y Colonias del Sur, el Movimiento Independiente de los Pedregales, la Unión de Colonos de Santo Domingo, la Unión de Colonias Populares del Valle de México, la Unión de Solicitantes y Colonos de Vivienda, la Unión de Colonos de San Miguel Teotongo, la Unión Independiente de Colonos de Neza, la Unión de Colonos Independientes de Neza, entre otras.
Todas ellas contribuyeron a construir la submetrópoli, y la memoria colectiva en movimiento que yace en las capas subterráneas de una metrópoli hoy día en proceso de blanqueamiento o gentrificación.
Junto a ese movimiento acompañado por activistas y militantes de partidos socialistas o comunistas, en los mismos territorios, pero por otro sendero, los jóvenes de barrio se reunían en el gregarismo pandilleril en busca de satisfacer sus deseos alimentados por las corrientes soterradas de la (contra)cultura y el rock de los sesenta. Pronto se apropiaron de esas expresiones para dar lugar a sus propias identificaciones y creacciones¹¹. “Hoy en día, los jóvenes de los suburbios proletarios que asisten a los CCH, y que representan tal vez el elemento más interesante de la juventud actual y no miran hacia el folklore. Ellos se identifican con el rock electrónico…es música de disidentes en nuestra actual cultura urbana…”¹² Esos jóvenes suburbanda, no fueron hippies, más bien dieron lugar al Xipismo; no crearon clubs o pubs, sino crearon Hoyos funky; no hicieron rock urbano con historias dulces sino dieron paso a las crónicas chilangas del rock urbano popular en estos espacios y más allá de ellos.

Los hoyos como los bautizara el gran Parménides García Saldaña¹³ tuvieron nombres como El Petulias, Salón Chicago, El Revolución, El Herradero, El Oro Negro, El Salón los Apóstoles, El Covadonga, La Pista de Cristal, Gimnasio Juan de la Barrera, o la Pista de Revolución, Auditorio Antonio Caso de Tlatelolco, El Snoopyes o Gimnasio de la Nueva Atzacoalco. Estos lugares habían sido bodegas, establos, viviendas abandonadas, estacionamientos, instalaciones deportivas derruidas, en donde cada fin de semana daban sus conciertos bandas como el Three Souls in my mind, Tinta Blanca, El Ritual, Los Tequila, La Tribu, El Epílogo, Mayita Campos y su banda de Blues, Dug Dug`s, Love Army, Bandido, Iguana, Five Fingers, Parada Suprimida, Al Universo, Ataúd Blindado, Ginebra Fría, La Tía Petra, Ciruela, Oz, Enigma, Nuevo Testamento, Nuevo México, Nahuatl, Peace and Love, Pájaro Alberto y Sacrosaurio. La información sobre los grupos la publicaban en revistas como Dimensión, Pop, México Canta, entre otras, y la suburbanda undergrasa escuchaba rock en las estaciones Radio Capital y La Pantera de la Juventud.
Canto Nuevo
Cuando algún miembro de la pandilla lograba llegar a un CCH o alguna facultad de la UNAM, tenía acceso a otras corrientes musicales, en particular y, dadas las condiciones del momento histórico, tuvo acceso a la música folclórica sudamericana o canto nuevo latinoamericano. Aquellos jóvenes que transitaban de la esquina-asamblea popular-facultad también prestaron oídos a otras experiencias musicales. Al llegar a alguna explanada del CCH o la facultad se encontraba con que el mitin del sindicato universitario o el acto solidario con algún movimiento independiente era amenizado por Gabino Palomares o José de Molina —¡a parir madres latinas!— o se detenía a escuchar las consignas actuadas del grupo de teatro Zumbón. Y en esas lides se sumaba a la marcha conmemorativa del inicio de la revolución cubana, y más pronto que tarde ya se encontraba en alguna peña bebiendo vinos chilenos y aprendiendo el acento sudamericano. Estos jóvenes llegaban al centro preparatoriano o universitario con poncho peruano, gorro estilo Cuzco, huaraches; un libro bajo el brazo de algún teórico del dependentismo latinoamericano; escuchaba algún programa en Radio Educación para conocer en voz de Emilio Eberghendi, quien presentaba a algún representante del nuevo canto donde Julio Solórzano anunciaba la próxima presentación del Negro Ojeda.
En Radio Educación, peñas y espacios universitarios fue donde el Canto Nuevo tuvo su mayor audiencia con solistas como: Amparo Ochoa, Gabino Palomares, Gerardo Tamez, Humberto Álvarez, Hugo Aspeitia, Juan Gutiérrez, Julio Solórzano, Judith Reyes, León Chávez Texeiro, Luis Urreta, Marcial Alejandro, Sergio Ramírez, Rafael Catana, Víctor Martínez, Eblem Macari, José Cruz Camargo, José de Molina, Salvador Ojeda el Negro; a los duetos: Anthar y Margarita, Nora y Delia, Ipacarai. Y entre los grupos ubicamos a: Ars Nova, Briseño, Hebe, Carrasco y Flores, Contrastes, Dueto camionero y sus invitados, Jaranero, Los nacos, Los Huincas, Los Folkloristas, Macehual, Nacimiento, Nopalera, On`ta, Papalote, Seguimos lo mismo, Sanampay, TIICOM, Tribu de la Paz, Taller José Canica, Tepeu, Topilli, Urbano Pacheco, Un Viejo Amor, Víctor Jara, Viraje, Vientos para un nuevo día, Los Malditos, Incataqui, Corazón del Pueblo, Cantos del Pueblo, Cabe, Yalba Unicaloob.

Entre los espacios efímeros y permanentes de esta corriente musical podemos recordar: el Foro del Museo Universitario, la Casa del Lago, la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, la Librería Gandhi, los Foros del politécnico, las peñas el Pesebre, el Farfelú, el Chaz Negro, el Callejón del Ojito, Peña de los Folkloristas, el Cóndor Pasa, Mesón de la guitarra, el Náhuatl, el Sapo Cancionero, el Asador, el Túpac Amaru y el Pájaro Campana. Algunos de estos solistas, duetos y grupos se pudieron apreciar gracias a su excepcional apoyo cultural en huelgas obreras en la zona de Azcapotzalco y Tlalnepantla; en las huelgas de los sindicatos universitarios, particularmente del Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (STUNAM) y el Sindicato de Trabajadores de la Universidad Autónoma Metropolitana (SITUAM).
Hacia la década podrida
Entre los múltiples cauces (contra)culturales y rebeldes que se desarrollaban en las orillas de la metrópoli central, se desarrollaba el activismo anarquista con colectivos y revistas como La Academia Negra, La Rosa Negra, la Coordinadora de Estudiantes Libertarios, Regeneración Tercera Época —animada por Chantal López y Omar Cortés—, Brigada Praxedis G. Guerrero, Autogobierno de Arquitectura de la UNAM, Talleres Autogestivos de Investigación Social, Revista Caos (Biblioteca Social Reconstruir; Ricardo Mestre +); algunos de sus activistas provenían de las zonas —poniente y oriente de la ciudad— donde estaba emergiendo el movimiento de las pandillas juveniles.

La síntesis hacia otros devenires de estos procesos sociales, políticos y culturales se realiza entre 1980 y 1981; años en los que se inaugura el Tianguis del Chopo. Al mismo tiempo, cualquier convocatoria a tocadas masivas, como las que sucedieron para escuchar a Johnny Winter en el balneario de Temixco, estado de Morelos, y en el estadio de futbol de la ciudad de Pachuca, estado de Hidalgo, terminaban en represión policíaca provocando respuestas caóticas de las masas pandilleriles que se daban cita.
Por otro lado, el MUP daba saltos cualitativos de organización al realizar el Primer Encuentro Nacional de Colonias Populares; paralelamente las pandillas de la zona poniente de la Ciudad de México crean el Grupo Santa Fe con el fin de organizarse social y políticamente; en el otro extremo, en el oriente, las bandas organizadas de Ciudad Neza se movilizan contra el alza de las tarifas de transporte, lo mismo sucede en la zona de Ocoyoacac, Estado de México. Una agitación, síntoma de los tiempos duros y creativos que vendrían a lo largo de “la década podrida” como decían los integrantes de los primeros colectivos punk.
Este síntoma se vuelve transparente con la carta-manifiesto de Los Panchitos —la icónica pandilla juvenil de Santa Fe— enviada a la sección de correspondencia del periódico Unomásuno, el tres de diciembre de 1981, en donde se explayan con las siguientes palabras; “…Temblamos de frío y de odio pero estamos juntos y somos los mismos que todos temen. No queremos a nadie ni a nosotros, nos duele la vida de otros y la nuestra. Mejor morir pronto”. A lo largo de la década podrida proliferaron los colectivos punk, anarquistas y la organización cualitativa del Movimiento Urbano Popular en la llamada periferia de la submetrópoli defeña.

Nota a pie de página: el artículo fue escrito originalmente para el libro compilatorio “1984: constelaciones de la política, la memoria y la nueva canción latinoamericana”. Coordinado por el artista ecuatoriano interdisciplinario Fabiano Kueva.
Notas
1. De 1824 a 2018, la hoy Ciudad de México se llamó Distrito Federal (DF), una entidad especial creada por el Estado mexicano, ya que en su territorio se concentraban el poder ejecutivo, judicial y legislativo. Uno de los efectos de esa concepción de ciudad política fue que sus habitantes no tenían derechos políticos, como el de elegir a sus representantes. La banda punk de la década del ochenta jugaba con el acrónimo para crear los neologismos; Disturbio Funeral o DeFectuoso.
2. Al concepto de (contra)cultura le inserto el paréntesis con el propósito de acentuar el constante cambio y transformación de los movimientos contraculturales.
3. Los sociólogos y urbanistas utilizan el concepto de periferia para nombrar a los habitantes de las zonas “marginadas” de la urbe. La imagen es resultado de la concepción dicotómica centro-periferia. Desde mi concepción de las clases subalternas opto por pensar a la ciudad como una metapolis; la ciudad que va más allá y en donde la relación “centro”-“periferia” es más compleja; ahora hay una centralidad metropolitana, centros metropolitanos y “periferias” al interior de esas centralidades metropolitanas. De ahí derivo mi idea de submetropolitano, aludo entonces no solo a los habitantes sino a su diferenciación de clase; el submetropolitano es habitante de los barrios y colonias dispersos a lo largo y ancho de la metapolis central mexicana.
4. Doctor en Ciencias Sociales, línea de investigación en Comunicación y Política por la UAM-X, maestro en Estudios Urbanos por la UAM Azcapotzalco, videasta, cronista, creactivista y activista suburbano.
5. Rebeco: contracción de rebelde en el caló barrial. El rebeco es un rebelde.
6. Palomilla, pandilla o grupo de jóvenes.
7. Martré, Gonzalo. Los símbolos transparentes. (Novela del 68 mexicano; Ed. V Siglos, 1978; 2.ª y 3.ª edición Ed. Claves Latinoamericanas 1993; 4.ª edición Ed. Conaculta-Lecturas mexicanas-2001; 5.ª edición definitiva mundial, Ed. Alfaguara 2014).
8. Texto anónimo en la Revista Vía Libre. Número especial sobre la conmemoración de los 20 años de la masacre estudiantil de 1968. Octubre de 1988. México.
9. MUP: acrónimo de Movimiento Urbano Popular.
10. Ver Mapa Movimientos (Contra)culturales (sub)metropolitanos (1971-1982).
11. Creacción: neologismo que tiene el propósito de resignificar la idea de creación hoy vaciada de significado por las industrias culturales.
12. Enrique Marroquín, La contracultura como protesta (1975). Editorial Joaquín Mortiz. México.
13. “Hoyo” es una palabra íntimamente conectada con el rock y música alrededor; además, con los lugares (se habla de jazz con música de sótano) subterráneos donde nació, creció y se reprodujo el lado oscuro (donde “black” es seudónimo de “dirty” y “funky” de “black”) de rock…”Funky”, es el lado “hard” (macizo), “dirty” (grosero), “heavy” (pesado, grueso), del rock; su presencia black”. (pág. 69-74). “Los hoyos funky” publicado originalmente en la Revista La Piedra Rodante. Y re-editado en el libro colectivo de Chimal, Carlos, compilador. Crines. Otras lecturas de Rock. (1994) Carlos Chimal. Editorial ERA (1994).
Bibliografía y referencias
Arana, Federico. Roqueros y Folcloroides. ¿Canto nuevo. Estúpido o racista? (1988). Colección Duda Semanal. Editorial Posada. México.
García Saldaña, Parménides. “Los hoyos funky” (1994). Publicado originalmente en la Revista La Piedra Rodante. Y re-editado en el libro colectivo Crines. Otras lecturas de Rock. (1994). Carlos Chimal, compilador. Editorial ERA. México.
Gaytán Santiago, Pablo. Desmadernos. Crónica suburpunk de algunos movimientos culturales en la submetrópoli defeña (2001). Editorial UAEM. México.
Martré, Gonzalo. Los símbolos transparentes. (Novela del 68 mexicano; Ed. V Siglos, 1978; 2.ª y 3.ª edición Ed. Claves Latinoamericanas 1993; 4.ª edición Ed. Conaculta-Lecturas mexicanas-2001; 5.ª edición definitiva mundial, Ed. Alfaguara 2014).
Marroquín, Enrique. La contracultura como protesta (1975). Ed. Joaquín Mortiz, México, 1975.
Velasco, Jorge. El canto de la tribu (2004). CONACULTA. México.
Redacción
Pablo Gaytán Santiago
Pablo Gaytán Santiago es doctor en Ciencias Sociales por la UAMX, videasta y creactivista. Su trabajo investiga y documenta las culturas punk y anarquista, los movimientos suburbanos y la memoria social en México. Es autor de libros y ensayos, y realizador de documentales y videozines sobre contracultura y movimientos sociales.











